Una palabra de esperanza

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 9 de agosto.

El pasaje evangélico de hoy hay que leerlo desde el final. Es decir, la escena final es la clave de comprensión de todo el relato. Los discípulos se postran ante Jesús. Ellos hacen el gesto de reconocimiento y de fe y con sus palabras reconocen en Jesús al Hijo de Dios. Dios está en Jesús quien los acompaña en la travesía desde fuera de la barca. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. Esa es la fe de la Iglesia, que hemos recibido de los apóstoles. El relato ilustra la declaración, pues solo Dios puede caminar sobre las aguas.

El pasaje de la multiplicación de los panes, que leímos el domingo pasado, y este de la caminata de Jesús sobre el agua son dos episodios que aparecen juntos en los evangelios. Ambos, cada uno a su modo, manifiestan la dimensión divina de Jesús y nos invitan a la fe en él. No son los únicos relatos. La transfiguración de Jesús, que conmemoramos el jueves pasado, es otro relato que de otro modo nos enseña, nos instruye, nos guía para que reconozcamos que en Jesús Dios se ha hecho presente en medio de nosotros.

El relato transcurre así: Después de la multiplicación de los panes, Jesús despide a la gente que había quedado saciada para que regrese a sus comunidades. También hace que sus discípulos suban a la barca en la que habían venido y que regresen a la otra orilla del lago. Los discípulos lo dejan solo. El dato es inquietante. ¿Cómo es posible? Pero no solo Jesús se queda solo; ellos también, los discípulos se quedan solos, sin Jesús, y este dato es esencial para el resto de la narración. Después Jesús subió al monte a solas para orar. De ese monte no se había hablado nada hasta ahora. Pero era costumbre de Jesús buscar lugares altos para hacer oración. La oración de Jesús es el acto por el cual él realiza su condición de Hijo ante Dios. En la oración, Jesús llama a Dios Padre y él se ubica ante Él como Hijo. En la oración se expresa la relación de paternidad de Dios con relación a Jesús y de filiación de Jesús con relación a Dios. Esta oración consolida y refuerza la identidad divina con la que se manifestará a sus discípulos. Llegada la noche, estaba él solo allí.

Por su parte, los discípulos ya se habían alejado de la costa y enfrentaban viento contrario en la travesía. La imagen es todo un símbolo de la precariedad de la existencia humana en este mundo, de la incertidumbre de la travesía por el mar de la vida, de las múltiples adversidades que hay que enfrentar. Creen que están solos; Jesús no va con ellos. Pero en eso los discípulos ven el bulto que se acerca hacia ellos caminando sobre el agua.

Inicialmente piensan que es un espectro amenazador, un ser de otra dimensión que les amedrenta. Daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: “Tranquilícense y no teman. Soy yo.” La palabra transforma el bulto anónimo en presencia que da seguridad y sosiego. Jesús se ha hecho uno de nosotros, se ha humanizado para compartir con nosotros la travesía del mundo, y gracias a su presencia providente, llegamos al puerto deseado.

El relato incluye otro. Pedro quiere caminar sobre el mar y llegar hasta Jesús. Se- ñor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua. ¿Exige Pedro una prueba de una presencia que está más allá de la comprobación tangible? ¿Transgrede Pedro con su petición los límites que son propios de la condición humana? Jesús le acepta la propuesta y lo invita a caminar. Y Pedro camina mientras tiene la mirada puesta en Jesús. Porque quienes tienen fe, mientras mantienen la confianza en Dios y en Jesús, pueden caminar sobre el mar de la inseguridad y contra el viento de la adversidad. Pero tan pronto nos distraemos para mirar que el suelo es líquido y el tiempo adverso, ahí sucumbimos y nos ahogamos. Solo la mano firme de Jesús nos salva, nos saca, nos sostiene. Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Entonces los apóstoles se postran ante Jesús y lo reconocen como Hijo de Dios.

Para acompañar este pasaje la Iglesia nos propone otro pasaje, esta vez del Antiguo Testamento, que da testimonio de la presencia quieta, sigilosa, casi imperceptible de Dios. Elías huye de la reina Jezabel que lo quiere matar, y él mismo se desea la muerte, porque piensa que su vida ha llegado a su fin. Su fidelidad a Dios lo pone en peligro de muerte. No queda nadie en Israel que sea fiel a la alianza con el Señor. Entonces Dios le hace ver que no está solo, que Él lo acompaña en su caminar. Pasan sucesivamente un ventarrón violento, luego un terremoto formidable y finalmente una tormenta de rayos impresionante. Son manifestaciones de la fuerza, del poder, de la energía. Pero Elías no percibe a Dios en esas manifestaciones; allí no está Dios. Finalmente sopla una suave brisa, casi imperceptible. Elías reconoce que allí está Dios, se cubre de la cara para no verlo y recibe la confirmación de que Dios está con él. Entonces recibe una misión que cumplir. Debe continuar viviendo para ejecutar la voluntad de Dios.

A veces, al navegar por el mar de la vida, nosotros queremos que Dios despliegue su poder, su fuerza, su majestad. Queremos que se haga evidente su esplendor para que la adversidad se disuelva ante Dios y ante nosotros. Pero Dios es suave brisa que sopla mientras caminamos, que refresca mientras avanzamos, que conforta mientras navegamos. Nos acompaña de manera tenue, sutil y ligera. Porque caminamos en la fe, no en la evidencia.
Jesús, al final de este evangelio según san Mateo, nos dejó una palabra que nos da esperanza. Sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos (Mt 28,20). Es su última palabra al cierre del evangelio. Tengamos pues la confianza para mirar hacia adelante, aunque no veamos claro el camino hacia el futuro, y sepamos que Cristo nos acompaña en la travesía de la vida, aunque parezca que estamos solos.

 

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)