La medida del perdón

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 13 de septiembre.

El pasaje evangélico de este domingo continúa la enseñanza de Jesús a sus discípulos acerca del perdón y su administración en la comunidad de creyentes. Comienza con una pregunta de Pedro a Jesús: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? Es una pregunta que literalmente se refiere a cantidades de perdones reiterados. Pedro propone un número de plenitud. ¿Hasta siete veces? Es una propuesta generosa, pues el número siete en el lenguaje del tiempo implica lo máximo. Pero Jesús todavía responde con otro número, que hace superlativo lo que ya era abundante: No solo hasta siete, sino hasta setenta veces siete.

La pregunta de Pedro y la respuesta de Jesús, sin embargo, resultan inquietantes y suscitan todavía otras preguntas. ¿Tiene algún sentido repetir perdones a ofensas repetidas? ¿No se vuelve trivial el perdón reiterado? Si el requisito para que el perdón sea efectivo es el arrepentimiento sincero del ofensor, ¿se puede suponer arrepentimiento en quien requiere ser perdonado siete veces seguidas? No digamos nada del que requiera que se le perdone cuatrocientos noventa veces. ¿No es la certeza del perdón un incentivo para seguir delinquiendo? En definitiva, ¿es serio este planteamiento cuantitativo en referencia a las veces que hay que perdonar? Si solo tuviéramos la pregunta de Pedro y la respuesta de Jesús, el pasaje sería un enigma.

Afortunadamente Jesús ilustró su respuesta con una parábola. En esa parábola no se trata para nada de faltas repetidas que requieran perdones reiterados. El ejemplo que pone Jesús no se mueve en términos de cantidad de veces que hay que perdonar, sino que la parábola ilustra la magnitud del perdón que Dios nos da, que nos obliga a nosotros a perdonar los pecados con que un hermano nos pueda ofender. A partir de la parábola, se puede entender mejor la pregunta de Pedro y la respuesta de Jesús. Lo que a Pedro le inquieta es la medida del perdón; de qué tamaño debe ser el perdón que él debe dar. La pregunta de Pedro se puede formular de esta otra manera: ¿Cuál es la falta más grave que debo perdonar? La pregunta de Pedro se mueve en la dirección de preguntar si hay alguna ofensa que exceda la capacidad de perdón humano. Jesús lo invita a plantearse la medida del perdón no de acuerdo con la gravedad de la ofensa, sino de acuerdo con el tamaño de la misericordia que uno es capaz de tener. Y en ese asunto, el modelo es el mismo Dios, cuya misericordia infinita es capaz de perdonar hasta los pecados más graves de quien se arrepiente de ellos sinceramente. Nuestro modelo de perdón es el que Dios nos concede como expresión de su misericordia.

Eso es lo que ilustra la parábola. Los protagonistas son un rey y dos deudores; también los trabajadores compañeros de estos dos, que son los primeros que hacen notar la injusticia de lo que sucede. Un deudor le debe al rey una cantidad inimaginablemente alta. Es una deuda tan grande que solo es posible en un cuento de ficción como la parábola; es una deuda como la que tienen los países, que son impagables. Jesús a propósito ha asignado a este deudor una deuda inimaginable en su magnitud, pues de lo que se trata es de ejemplificar no tanto la magnitud de los pecados y deudas humanas para con Dios, sino de ilustrar la magnitud del perdón de Dios. Pues el rey representa a Dios y el deudor nos representa a nosotros. Jesús propuso como protagonistas a un rey y a su siervo, para destacar la desigualdad de rango social y la magnanimidad de lo que va a hacer el rey. El deudor de la parábola reconoce la magnitud de su deuda que es inmensa. Pide una tregua, una moratoria, una dilación para pagarla. Recibe más de lo que pide. El rey le perdona, le condona la deuda, cosa que no había pedido el deudor. No hay pecado humano tan grande que Dios no pueda perdonar, si el pecador pide expresa arrepentimiento. El rey ha actuado con gracia, ha actuado con gratuidad, ha dado más de lo que le pidieron.

Este hombre que sale de la presencia del rey agraciado, favorecido, indultado y perdonado tiene a su vez tiene un deudor. No es un siervo suyo, no es un esclavo suyo, es un compañero. Este deudor le estaba a la par. Y la deuda también es una deuda del tamaño humano. Una deuda de risa en comparación con la que el primer deudor tenía con el rey. Con las mismas palabras y los mismos gestos con los que el primer deudor había suplicado al rey ahora este otro deudor suplica a su compañero. Pero este hombre, con total olvido del beneficio y del perdón que acaba de recibir, maltrata y estrangula a su compañero exigiéndole el pago de la deuda y para eso lo hace meter en la cárcel. Los compañeros que son testigos de todo lo que ha ocurrido, hacen saber al rey lo que ha sucedido y el rey convoca de nuevo al que había sido su deudor, revoca su perdón y trata a su deudor como este trató a su compañero. La sentencia de Jesús es perentoria: Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Nuestro modelo de perdón debe ser el de Dios. Debemos perdonar con la generosidad con la que hemos sido perdonados por Dios. Debemos ser capaces de crear espacios de gratuidad con nuestra actuación generosa y pródiga como nosotros hemos sido tratados por Dios. En el padrenuestro Jesús nos enseñó a decirlo de una manera comprometedora: perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. La petición no pretende que Dios reduzca la magnitud de su perdón al tamaño de la mezquindad humana; la petición expresa ante Dios la conciencia de que nuestra capacidad de recibir el perdón de Dios no depende solo de nuestro arrepentimiento, sino también de nuestra capacidad de perdonar a quienes nos ofenden. O como lo dice la primera lectura de hoy: Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón se te perdonarán tus pecados.

Pero yo iría más allá, para decir: no sólo con el perdón, sino con otras acciones de generosidad se pueden crear ámbitos de gratuidad. Sé magnánimo, sé pródigo con tu tiempo, con tus bienes, aprende a crear espacios de gratuidad en tu entorno como Dios lo ha creado en la humanidad. Esa actitud permitirá superar las actitudes de venganza, de desquite y de mezquindad. Ese es el fruto de la obra salvadora de Dios y de Jesucristo.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Obispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)