San Agustín, en la encíclica Fratelli Tutti

El Papa Francisco menciona cuatro veces al Obispo de Hipona en su nueva encíclica para mostrar la importancia del amor en la vida personal y social.

La última encíclica del Papa Francisco Fratelli Tutti supone un aviso para toda la sociedad: solo a través del amor se puede avanzar. El Santo Padre advierte en su nuevo escrito que la fraternidad y el cuidado de la Casa común son los únicos caminos hacia la paz social. En el documento, Francisco trata diferentes problemáticas que siguen siendo actuales en la sociedad: la trata de personas, la violación de derechos humanos, el consumismo desmesurado, la migración o la desigualdad de la mujer y el hombre, entre otras cosas. A todas ellas, el Pontífice propone una solución humana y necesaria: el amor fraterno.

El Papa Francisco menciona en Fratelli Tutti pensamientos de santos, personas relevantes o incluso sus propios discursos. Entre ellos, la encíclica hace referencia cuatro veces a San Agustín. El pensamiento agustiniano sirve al Santo Padre para como modelo para explicar cuatro de los aspectos relevantes de su documento relativos a la paz social o la unidad de los cristianos. Como en otras ocasiones, el Obispo de Hipona es una referencia actual para Francisco.

Amor determinante

La primera referencia es el punto 91 de la encíclica. El Papa menciona a Santo Tomás de Aquino quien, en la Suma Teológica, cita a San Agustín para decir «que la templanza de una persona avara ni siquiera es virtuosa». Santo Tomás hace referencia a las cartas de Agustín Contra Julianum, en las que rebate las ideas del obispo Juliano de Eclana acerca de la concupiscencia, el mal y la riqueza. En una de las cartas, el obispo de Hipona le escribe: «De cuántos placeres se privan los avaros para aumentar sus tesoros o por el temor de verlos disminuir».

En este punto, el Papa Francisco explica que los propios actos de muchas personas pueden presentarse como virtudes y valores morales, pero solo si se considera la caridad que Dios infunde en esos actos puede entenderse o no como virtudes que Dios otorga a las personas.

Las personas pueden desarrollar algunas actitudes que presentan como valores morales: fortaleza, sobriedad, laboriosidad y otras virtudes. Pero para orientar adecuadamente los actos de las distintas virtudes morales, es necesario considerar también en qué medida estos realizan un dinamismo de apertura y unión hacia otras personas. Ese dinamismo es la caridad que Dios infunde. De otro modo, quizás tendremos sólo apariencia de virtudes, que serán incapaces de construir la vida en común. Por ello decía santo Tomás de Aquino —citando a san Agustín— que la templanza de una persona avara ni siquiera es virtuosa. San Buenaventura, con otras palabras, explicaba que las otras virtudes, sin la caridad, estrictamente no cumplen los mandamientos «como Dios los entiende». – Fratelli Tutti, 91

Guerra con la palabra

Las guerras y los enfrentamientos es uno de los asuntos sobre los que el Papa Francisco pone su foco. El Santo Padre recuerda que en multitud de ocasiones las guerras han sido justificadas por motivos humanitarios o por razones preventivas. En este sentido, sostiene que la legítima defensa está recogida por el Catecismo de la Iglesia Católica. No obstante, a partir del desarrollo de las armas nucleares, químicas y biológicas, no tiene sentido hablar de «guerras justas» por el poder destructivo fuera de control que conllevan.

En este punto, hace referencia a San Agustín en la nota 242. El Obispo de Hipona -entendido en otro contexto social-, al igual que otros muchos pensadores, llegó a hablar de una «guerra justa». No obstante, Fratelli Tutti incluye la frase de Agustín en su carta 229, enviada al conde Darío hacia el 428, gobernador del África: «Dar muerte a la guerra con la palabra, y alcanzar y conseguir la paz con la paz y no con la guerra, es mayor gloria que darla a los hombres con la espada». En esta carta, San Agustín invitaba al conde Darío a promover la paz mediante el diálogo. No obstante, la epístola no tuvo buen resultado, ya que la tensión desembocó en una guerra civil entre las mismas tropas romanas, lo que facilitó el avance de los vándalos en el norte de África.

Así es como fácilmente se opta por la guerra detrás de todo tipo de excusas supuestamente humanitarias, defensivas o preventivas, acudiendo incluso a la manipulación de la información. De hecho, en las últimas décadas todas las guerras han sido pretendidamente “justificadas”. El Catecismo de la Iglesia Católica habla de la posibilidad de una legítima defensa mediante la fuerza militar, que supone demostrar que se den algunas «condiciones rigurosas de legitimidad moral». Pero fácilmente se cae en una interpretación demasiado amplia de este posible derecho. Así se quieren justificar indebidamente aun ataques “preventivos” o acciones bélicas que difícilmente no entrañen «males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar». La cuestión es que, a partir del desarrollo de las armas nucleares, químicas y biológicas, y de las enormes y crecientes posibilidades que brindan las nuevas tecnologías, se dio a la guerra un poder destructivo fuera de control que afecta a muchos civiles inocentes. Es verdad que «nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien». Entonces ya no podemos pensar en la guerra como solución, debido a que los riesgos probablemente siempre serán superiores a la hipotética utilidad que se le atribuya. Ante esta realidad, hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible “guerra justa”. ¡Nunca más la guerra![242] – Fratelli Tutti, 258

Contra la pena de muerte

El Papa Francisco dedica también varios puntos a tratar la pena de muerte. El Santo Padre afirma con determinación que la Iglesia se compromete «para proponer que sea abolida en todo el mundo». En el punto 265 expresa varios ejemplos que muestran que, a lo largo de su historia, la Iglesia se ha opuesto a la pena de muerte.

Entres los ejemplos, Francisco menciona a San Agustín. En la Epístola a Marcelino, dirigida al comisario imperial Marcelino. En esta carta, el obispo escribe para que no aplique la pena de muerte a dos donatistas (probablemete circumcelliones) que habían dado muerte a dos sacerdotes católicos. San Agustín se opone siempre a la pena de muerte para dar la oportunidad al criminal de verdaderamente arrepentirse y salvarse. El Pontífice introduce en su encíclica varias frases de la epístola, de las que destaca una especialmente: «No satisfagas contra las atrocidades de los pecadores un apetito de venganza».

Desde los primeros siglos de la Iglesia, algunos se manifestaron claramente contrarios a la pena capital. Por ejemplo, Lactancio sostenía que «no hay que hacer ninguna distinción: siempre será crimen matar a un hombre». El Papa Nicolás I exhortaba: «Esfuércense por liberar de la pena de muerte no sólo a cada uno de los inocentes, sino también a todos los culpables». Con ocasión del juicio contra unos homicidas que habían asesinado a dos sacerdotes, san Agustín pedía al juez que no quitara la vida a los asesinos, y lo fundamentaba de esta manera: «Con esto no impedimos que se reprima la licencia criminal de esos malhechores. Queremos que se conserven vivos y con todos sus miembros; que sea suficiente dirigirlos, por la presión de las leyes, de su loca inquietud al reposo de la salud, o bien que se les ocupe en alguna tarea útil, una vez apartados de sus perversas acciones. También esto se llama condena, pero todos entenderán que se trata de un beneficio más bien que de un suplicio, al ver que no se suelta la rienda a su audacia para dañar ni se les impide la medicina del arrepentimiento. […] Encolerízate contra la iniquidad de modo que no te olvides de la humanidad. No satisfagas contra las atrocidades de los pecadores un apetito de venganza, sino más bien haz intención de curar las llagas de esos pecadores»[254]. – Fratelli Tutti, 265

Unidad pese a las diferencias

La última mención a San Agustín en Fratelli Tutti se encuentra en el punto 280. El Papa Francisco habla de la identidad cristiana, de la libertad a vivir la fe en todo el mundo. Asimismo, pide unidad dentro de la propia Iglesia, «unidad que se enriquece con diferencias que se reconcilian por la acción del Espíritu Santo». En este sentido, recuerda la vocación a la unidad en la Iglesia, donde cada uno hace su aporte distintivo.

Aquí, Francisco menciona a San Agustín: «El oído ve a través del ojo, y el ojo escucha a través del oído». La frase es de los Comentarios a los Salmos de San Agustín. Asimismo, el Papa pide unidad también con las distintas confesiones cristianas, recordando lo que dice Jesús en el Evangelio de San Juan: «Que todos sean uno».

Al mismo tiempo, pedimos a Dios que afiance la unidad dentro de la Iglesia, unidad que se enriquece con diferencias que se reconcilian por la acción del Espíritu Santo. Porque «fuimos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1 Co 12,13) donde cada uno hace su aporte distintivo. Como decía san Agustín: «El oído ve a través del ojo, y el ojo escucha a través del oído»[276]. También urge seguir dando testimonio de un camino de encuentro entre las distintas confesiones cristianas. No podemos olvidar aquel deseo que expresó Jesucristo: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Escuchando su llamado reconocemos con dolor que al proceso de globalización le falta todavía la contribución profética y espiritual de la unidad entre todos los cristianos. No obstante, «mientras nos encontramos aún en camino hacia la plena comunión, tenemos ya el deber de dar testimonio común del amor de Dios a su pueblo colaborando en nuestro servicio a la humanidad». – Fratelli Tutti, 280