Una palabra amiga

Iniciar el Adviento junto al Señor del tiempo y de la vida

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 29 de noviembre, Primer domingo de Adviento.

Cada año por estas fechas se venden agendas, se regalan calendarios. Son instrumentos que nos permiten calcular los días, ordenar nuestras actividades, medir el tiempo más allá de lo que pueden hacer los relojes, que se limitan a medir las 24 horas del día. Hemos inventado y diseñado toda una variedad de medios e instrumentos para medir, calcular y administrar el tiempo. El tiempo es importante para nosotros. Es la cancha donde nos jugamos la vida. Pero la imagen no es exacta. Una cancha puede estar desocupada sin nadie que juegue en ella. Pero en el tiempo siempre pasa algo; nunca dejamos la cancha del tiempo. Por eso hay que complementar esa imagen con otra. El tiempo es como el hilo de oro en el que se enhebra nuestra vida. Sea que perdamos el tiempo o que no nos alcance, sea que lo ocupemos en obras constructivas o en acciones destructivas, el tiempo siempre discurre y nuestra vida se desenvuelve a lo largo del tiempo. Si queremos administrar bien nuestra vida debemos administrar bien el tiempo que es la estructura interior a lo largo de la cual nuestra vida se desarrolla.

El tiempo tiene dos dimensiones. Por una parte, está la dimensión objetiva del tiempo. Es la duración del movimiento de los astros. Entre una salida del sol y la siguiente pasa un día. Entre que la luna comienza a crecer hasta que vuelve a desaparecer pasa un mes, o al menos, ese fue el origen de los meses. Mientras que el sol en su salida recorre en el horizonte de ida y vuelta el arco de su orto pasa un año. Ese es el tiempo que miden los relojes y los calendarios. Pero hay otra dimensión del tiempo: es el tiempo vivido, el tiempo de mi vida. Si tengo mucho que hacer, el tiempo no me alcanza; si no tengo nada que hacer parece que no pasa nunca. Si lo que hago es interesante y tiene sentido el tiempo es valioso; si lo que hago no me interesa ni me importa, el tiempo de mi vida es una frustración. Si tengo un objetivo que lograr en la vida, el tiempo tiene sentido. Si no tengo razones por las que vivir y lo único que hago es ver cómo pasan las horas y los días, el tiempo y la vida son aburridos y hasta un absurdo.

Pero todavía hay otra dimensión del tiempo. Es el que vivimos desde Dios o en referencia a Dios. Es el tiempo como dimensión de nuestra fe. Ahora que comenzamos el adviento, esta dimensión del tiempo tiene una gran importancia. Aunque Dios no tiene tiempo, pues Él vive fuera del tiempo, en la eternidad, Dios ha creado el tiempo para nosotros cuando creó el mundo. Y para que el tiempo del mundo fuera tiempo de salvación para el hombre, Dios se puso a sí mismo como meta y fin del tiempo. Por eso, envió a su Hijo a vivir en el tiempo del hombre de modo que ese Hijo se convirtiera en la plenitud del tiempo del hombre. Podemos vivir el tiempo de nuestra vida como deseo de Dios, como una tendencia hacia Dios. Vivimos el tiempo de nuestra vida como acercamiento a Dios. Cuando vivimos el tiempo hacia Dios, entonces procuramos vivir nuestra vida en relación con el plan salvador de Dios, de acuerdo con el Evangelio de Jesús. Nosotros hacemos que el tiempo de nuestra vida tenga sentido cuando tenemos objetivos que lograr y alcanzar. Pero si integramos esos planes personales en el plan de Dios sobre el mundo y sobre todo en el plan de Dios para cada uno de nosotros, entonces nuestro tiempo y nuestra vida tienen el sentido que recibimos de Dios. Entonces vivimos nuestra vida como vocación que hemos recibido de Dios.

La liturgia del tiempo del adviento nos enseña a vivir el tiempo personal y el tiempo de la historia humana como camino hacia Dios, tendencia hacia Dios, como espera de Dios. La fe nos enseña que el tiempo del hombre encontrará su plenitud en Jesucristo, Señor del tiempo. En libro del Apocalipsis Jesucristo aparece como aquel que es, que era y el que está a punto de llegar; el Alfa y la Omega (1,4.8). Es decir, como Señor del tiempo del hombre que él también comparte para hacerlo tiempo de nuestra salvación.

Para vivir entonces el tiempo de nuestra vida en clave cristiana, la primera actitud debe ser la de orientar toda nuestra existencia hacia Jesucristo y hacia Dios su Padre. En ellos encontraremos consistencia y eternidad. Las calamidades naturales sufridas este año, la pandemia desde marzo y últimamente las devastaciones por los huracanes han puesto ante nuestros ojos nuestra vulnerabilidad. El tiempo de nuestra vida pone en evidencia nuestra fragilidad y caducidad. Deseamos consistencia y solidez, seguridad y firmeza. Esas solo vienen de Dios, no de las cosas de este mundo. En este tiempo del adviento, la liturgia nos enseña a desear a Dios, a buscar a Dios, a esperar a Dios en Jesucristo.

Pero Dios nos enseña a buscarlo de un modo muy especial. Nos enseña buscarlo todos los días desarrollando la conciencia de que somos responsables ante él. Nos hacemos idóneos ante Él administrando rectamente las realidades de este mundo pasajero. Esa es la enseñanza del evangelio elegido para este domingo. Así como un hombre que se va de viaje deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer, así también velen ustedes. Velar y estar vigilantes significa vivir con la conciencia de que debemos dar cuentas ante Dios de la gestión que hayamos hecho de nuestra vida en este tiempo. Es algo que debemos observar. Las realidades de este mundo son efímeras, frágiles, inconsistentes. Pero nos acreditamos ante Dios precisamente en la medida que hayamos administrado esas realidades con responsabilidad religiosa. Hacemos el camino al cielo en esta tierra. La esperanza de eternidad no es evasión, pues Dios nos pedirá cuenta del modo como hayamos gestionado el tiempo que nos asignó como lapso de nuestra vida. Permanezcan alerta, dice Jesús.

San Pablo exhorta a los corintios en el mismo sentido. Les dice que han sido enriquecidos por Dios con toda clase de dones. Y les asegura que Dios les seguirá dando su gracia para que ellos puedan permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día del advenimiento de Cristo. Pidamos, pues, a Jesucristo, que mientras nos preparamos para celebrar su nacimiento en el tiempo nos auxilie con su presencia para llegar con él a la plenitud de Dios. Que tu diestra defienda al que elegiste, al hombre que has fortalecido. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Obispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)

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