Una vida que todavía tiene sentido

Una vida que todavía tiene sentido

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 13 de diciembre, Tercer domingo de Adviento.

La característica principal de este tercer domingo de adviento es la convocatoria a la alegría. Desde hace siglos, la misa se abre con la antífona de entrada, que es una cita de la carta a los Filipenses 4,4-5, en la que san Pablo invita a la alegría: Estén siempre alegres en el Señor. Les repito. Estén alegres. El Señor está cerca. Las lecturas elegidas también contienen exhortaciones a la alegría. En este domingo, especialmente la segunda lectura también comienza con una invitación a la alegría: Vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús. También en la primera lectura, el profeta da a conocer los sentimientos de alegría que lo embargan: Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió con vestiduras de salvación. Finalmente, el texto del salmo responsorial es el cántico de la Virgen María, en la que ella expresa el júbilo y la alegría que siente, porque Dios puso sus ojos en la humildad de su esclava.

La alegría, la felicidad, es uno de los más hondos deseos y anhelos del corazón humano. Pero es uno de los deseos más engañosos, pues la búsqueda de la felicidad nos lleva por caminos equivocados. La tentación más grande y frecuente es creer que la felicidad se alcanza con tener cosas, con tener dinero. Los seres humanos somos pobres de partida, indigentes y carentes de muchas cosas. Ese es nuestro punto de partida en la vida. Y las carencias, indigencia y pobreza inicial nos hacen creer que con solo tener los medios para satisfacer tantas necesidades seremos felices. El dinero resuelve muchas necesidades y por eso aspiramos a tener suficiente. Encontramos entonces a personas que viven para ganar dinero; esa es su obsesión y objetivo en la vida. O buscan el poder como medio para hacerse ricos y satisfacer no solo las necesidades, sino hasta los caprichos de la imaginación. El dinero también compra placer, gusto, comodidad, lujo. Pero cuando lo tenemos, nunca alcanza, porque nuestro deseo de tener es insaciable; siempre queremos más: más dinero y más cosas de las que se adquieren con dinero.

Por otra parte, no podemos negar que tener medios, nos permite satisfacer muchas necesidades y eso nos da cierta alegría: compramos salud, compramos vivienda, compramos vestido, compramos comodidad, compramos entretenimiento, compramos gustos. Pero la final siempre queda el vacío y la insatisfacción, pues lo que verdaderamente deseamos no se compra con dinero. Deseamos una vida con sentido, con propósito, una existencia que valga los esfuerzos que cuesta vivir. Y eso se obtiene de otro modo.

La fuente de la alegría es sabernos amados, saber que importamos y valemos para alguien. Cuando recibimos amor de la familia, de los padres, de los hermanos, de los amigos, experimentamos el valor de nuestra vida y nos sentimos felices. Cuando nos sabemos amados por Dios, porque nuestra vida en Él encuentra plenitud, entonces nuestra alegría llega a también a su plenitud. La alegría es la consecuencia afectiva de la experiencia de la salvación. Por eso podemos sentir alegría incluso en medio de carencias materiales, en el curso de enfermedades incurables, frente a la misma muerte. Pues si sabemos que el amor de Dios es más fuerte que la muerte y que a través de la muerte Dios nos sostendrá en la vida, entonces también la muerte será un bien deseado. Santa Teresa de Ávila lo expresó con mucha elocuencia y pasión cuando escribió un poema en el que dice: “Vivo ya fuera de mí, después que muero de amor; porque vivo en el Señor, que me quiso para sí. Cuando el corazón le di, puso en él este letrero: que muero porque no muero.” Recíprocamente, cuando a causa de sabernos amados por Dios y por otras personas, nosotros mismos amamos y nos entregamos a servir, a hacer el bien, a construir humanidad y comunidad, encontramos que nuestra vida también tiene propósito y sentido y por eso también nos sentimos alegres y contentos.

Los principales impedimentos para la alegría son el rencor y el resentimiento, la idea de que las adversidades y contrariedades sufridas fueron injustas. Surge entonces el deseo de venganza: tengo que ver quién me las debe y a quién se las cobro. La amargura del resentimiento es la peor ruina de una vida. Porque el resentimiento se dirige muchas veces hacia un ser imaginario, contra una situación irremediable, contra un pasado irreformable. Y uno acaba arruinando el propio futuro, por no poder liberarse del pasado adverso que le tocó. Una de las primeras experiencias de salvación que puede uno recibir de Dios es la reconciliación con el propio pasado adverso en vistas de que el amor con que Dios nos ama es mucho mayor y abre un futuro con sentido a despecho del propio pasado irremediable. Cuando el resentimiento se transforma en alegría, la vida se ilumina.

La alegría cristiana tiene su fundamento principal en Dios que con su amor y su gracia se inclina hacia nosotros y nos rescata del pecado, nos abre el futuro y ofrece sentido y plenitud de vida. La Virgen María en su cántico, que hoy recitamos como salmo responsorial lo expresa con gran humildad: Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Su alegría y júbilo son la consecuencia de la benevolencia de Dios que se inclinó hacia ella, para hacer en ella cosas grandes. De igual modo el profeta Isaías se alegra en Dios. Sus palabras anticipan las de la Virgen María: Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió con vestiduras de salvación y me cubrió con un manto de justicia.

Solo el pasaje evangélico propuesto para este domingo no habla explícitamente de la alegría y del júbilo por la salvación. Pero presenta a Juan el Bautista como el enviado de Dios para dar testimonio de la luz. Ahora bien, donde hay luz por lo general hay alegría ambiental. Un lugar alegre es un lugar iluminado. De igual forma, cuando en nuestra mente y nuestro corazón Jesucristo ilumina el sentido de nuestra vida, nos llega la alegría. Creamos y acojamos a Jesús y su evangelio, que es nuestra fuente de alegría y esperanza.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Obispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)