Domingo de la Palabra de Dios

Domingo de la Palabra de Dios

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 24 de enero, domingo de la Palabra de Dios.

Inicio esta reflexión a partir del pasaje evangélico que acabamos de escuchar. San Marcos narra el inicio de la predicación de Jesús. Destaca que Jesús comenzó su actividad cuando Juan el Bautista fue apresado por el rey Herodes. Jesús no solo releva a Juan, sino que da cumplimiento al anuncio que había hecho Juan, de que detrás de él vendría uno que bautizaría con el Espíritu Santo.

Jesús resume su predicación en cuatro frases. Las dos primeras son: Se ha cumplido el tiempo y el reino de Dios ya está cerca. Las otras dos son: Arrepiéntanse y crean en el evangelio. Es importante entender el contenido de esa predicación, pues ese es el mensaje vigente todavía hoy. Vamos entonces por partes.

Se ha cumplido el tiempo. Jesús se refiere con esa frase al designio salvador de Dios. Él en su providencia ha fijado los plazos y momentos en que se desplegará su salvación. Jesús comienza su predicación en el tiempo asignado por Dios. O quizá podemos decir también que el inicio de la predicación de Jesús pone de manifiesto la providencia de Dios que nos guía, nos cuida y nos conduce a su plenitud. El tiempo en que se desarrolla la historia humana y la vida de cada uno de nosotros se enmarca en la eternidad de Dios. Por eso san Pablo, en la segunda lectura, también se refiere a la calidad del tiempo en que vivimos cuando lo vemos en la perspectiva de la eternidad. La vida es corta. Este mundo que vemos es pasajero. El horizonte de nuestra vida desborda el tiempo de este mundo. Para los que tenemos fe, el horizonte de nuestra vida es la eternidad. Pero esto no nos lleva al desprecio de este tiempo, aunque sea pasajero, pues nos hacemos idóneos para Dios en la recta administración de las realidades de este tiempo; nos calificamos para la eternidad de acuerdo como nos comportemos en esta vida. Cuando san Pablo declara que conviene que los casados vivan como si no lo estuvieran; los que sufren, como si no sufrieran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no compraran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutaran de él pretende enseñar que estas realidades temporales y propias de este mundo, con todo y lo importante que son, no definen ni el sentido de nuestra vida ni su éxito o fracaso. El sentido de nuestra vida se define en relación con Dios y su promesa. Si compramos mucho o poco, si nos casamos o no, si sufrimos mucho o poco en esta vida, ninguna de estas cosas compromete y decide el significado de nuestra vida ante Dios. Un nuevo horizonte de eternidad se abre para nosotros en el anuncio del reino de Dios. Jesús inaugura con su predicación ese horizonte de eternidad.

El reino de Dios ya está cerca. ¿Qué es el reino de Dios? Es el gobierno de Dios. Jesús dice que ya es posible acogernos al gobierno de Dios, al cuidado de Dios. Ya se disipan los impedimentos que nos mantenían alejados de Dios, principalmente el pecado, la ignorancia de nuestra vocación y destino. Dios no solo se nos ha vuelto cercano en Jesús, sino que la predicación de Jesús nos permite acogernos a esa cercanía de Dios.

Por eso la segunda parte del mensaje: Arrepiéntanse y crean en el evangelio. ¿De qué tenemos que arrepentirnos? En primer lugar, de los ídolos, es decir, de las cosas que ocupan en nuestra mente y nuestro corazón el lugar de Dios; debemos abandonar las cosas que creíamos que nos daban seguridad. Unos creen que su salvación consiste en tener éxito profesional; otros piensan que, con solo ser ricos, ya tendrán la vida asegurada. Ese tipo de seguridad puede ser un ídolo del que tenemos que convertirnos hacia Dios. Son falsas seguridades. Está bien tener éxito profesional, sobre todo si es para servicio de las otras personas. Está bien tener solvencia económica para satisfacer las necesidades propias y de la familia. Pero esas cosas no pueden ser el objetivo principal de nuestras vidas. Ese debe ser Dios. Esa es la primera conversión. La segunda conversión que debemos hacer es la de apartarnos de la inmoralidad. Las acciones inmorales nos destruyen y destruyen a la sociedad. Dios no quiere que seamos agentes de destrucción. El que miente, el que roba, el libertino sexual, el corrupto, el violento, el egoísta destruye. Debemos abandonar la conducta destructiva y volvernos a la ley moral que Dios nos ha enseñado para vivir rectamente. Así nos hacemos idóneos para Dios y ciudadanos del reino de Dios.

Y la última invitación de Jesús es crean en el evangelio. La palabra evangelio significa “buen anuncio”, “buena noticia”, “anuncio de cosas buenas”. Y la cosa buena que Jesús anuncia es él mismo. Como cuando dice: vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré. Aprendan de mí, que soy sencillo y humilde de corazón y encontrarán descanso para sus vidas (Mt 11,28.29). Él nos abre el camino hacia Dios, él nos habilita para participar en el reino de Dios, él nos hace accesible el reino de Dios.

Por eso Jesús atrae seguidores. Desde el fondo de nuestro ser deseamos lo que Jesús nos ofrece. El relato de la llamada a los cuatro primeros discípulos es una ilustración del atractivo de Jesús. Encuentra a dos pescadores en su trabajo, los conmina a seguirlo y ellos dejan todo y se van con él. Conviene que los que compran vivan como si no compraran, dijo san Pablo. Y estos discípulos que tienen trabajo, sustento, seguridad, comienzan a vivir sin la seguridad de su oficio para poner su seguridad en Jesús. Más adelante encuentra a otros dos pescadores, que trabajan con su padre. Ellos dejan a su padre y a los empleados con los que trabajan y prefieren la seguridad de Jesús, que según el cálculo humano es incierta e impredecible. Ellos comprenden que la vida es corta y que el mundo es pasajero y que la referencia vital es el reino de Dios al que se llega de la mano de Jesús.

Desde entonces, hasta el día de hoy, Jesús sigue atrayendo seguidores. Unos desde sus casas y sus familias viven como seguidores de Jesús, mientras permanecen administrando las realidades de este mundo con la mirada puesta en Dios. Son la inmensa multitud de creyentes laicos. Otros abandonan toda ocupación con las cosas de este mundo para seguir a Jesús sirviéndolo en la predicación y anuncio del evangelio. Son los sacerdotes y consagrados que confían en la gracia y el favor de Dios para dedicarse por entero al servicio y al testimonio del reino de Dios como hizo Jesús. Él es el referente de vida.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Obispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)