Los tiempos son lo que somos nosotros

Los tiempos son lo que somos nosotros

Homilía de Pablo Panedas Galindo, OAR en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, 54º Jornada de la Paz. Cappella Madonna della Consolazione, Roma.

Quisiera creer que no sólo me ha pasado a mí. Quizá también algunos de vosotros, al desear a otros lo mejor en el nuevo año 2021, habéis mirado atrás, al año que ha terminado. Como diciendo: si el año 2020 ha sido un ‘annus horribilis’, un año de desgracias, por la pandemia, los confinamientos, las muchas muertes y todo lo demás, esperemos que el 2021 sea justo lo contrario: un año de felicidad en todos los aspectos, de tranquilidad, progreso, buena suerte, etcétera.

Me parece una reacción muy natural. Y es también la forma más fácil de definir el panorama que deseamos a las otras personas: que de un tiempo malo en extremo pasen a un tiempo feliz al máximo.

Claro que tal vez sería bueno traer a colación esa cita de San Agustín que se recuerda a menudo: “Dicen que los tiempos son malos, difíciles. Vivamos bien y los tiempos se volverán buenos. ¡Nosotros somos los tiempos! ¡Los tiempos son lo que somos nosotros!” (Serm. 8,8). Porque, hermanos, la idea cristiana del tiempo va mucho más allá del simple horizonte humano; no puede reducirse a los habituales binomios de buena suerte-desgracia, enfermedad-salud, dinero-pobreza y así sucesivamente. Ese es un horizonte muy reducido, propio de miopes. Y no es nada cristiano. No tiene nada que ver con lo que celebramos en Navidad. En realidad, es todo lo contrario.

Escuchemos a san Pablo, en la segunda lectura de la Solemnidad de hoy (Gal 4,4-7). Refiriéndose al momento en que Dios envió a su Hijo nacido de una mujer – esto sería precisamente la Navidad –, el Apóstol ha hablado de la «plenitud de los tiempos». ¿Qué significa esto? ¿Qué plenitud es esa? ¿Cómo se llena el tiempo? ¿Significa simplemente que es un momento más feliz? ¿Con más dinero? ¿Que ya no hay guerras? ¿Ni hambre? ¿Ni injusticias? Desde luego que no. Cambio sí que hay; un cambio profundo, una mutación de raíz que cambia el valor del tiempo. Seguiremos hablando del tiempo, pero un tiempo que ya no se mide cuantitativamente, como duración: en minutos, días, meses y años. Ahora, la dimensión del tiempo es en profundidad.

En Navidad recordamos el nacimiento de Jesús: la Palabra de Dios tomó nuestra carne. Dios se ha convertido en uno de nosotros. ¿Con qué objeto? Lo dice también el apóstol Pablo: Para que pudiéramos recibir la adopción de hijos. Por lo tanto, en Navidad también celebramos nuestra filiación divina, nuestra transfiguración. Y aquí está la plenitud del tiempo: en nuestra dimensión limitada, se ha plantado una semilla de eternidad, una semilla que debe crecer en nosotros y en el mundo hasta ir diluyendo todo rastro de transitoriedad, limitación, impureza.

De todo ello se deduce que en esta tiempo de Año Nuevo, no debemos fijarnos tanto en lo bueno o malo que haya sido el año que acaba de terminar. A lo que debemos estar atentos es a fomentar en nosotros la actitud que encontramos en los pastores del Evangelio: una actitud de asombro, que les lleva a glorificar y alabar a Dios. O la actitud de María, que no habla pero está bien atenta y atesora todo lo que sucede, meditándolo en su corazón. La actitud, en fin, de aquellos que se saben en contacto con el misterio y son sensibles a él.

Yo, por supuesto, os deseo a todos un año 2021 lleno de felicidad. Pero lo que os deseo por encima de todo es un año de descubrimiento, paladeo y saciedad del misterio de la presencia entre nosotros del Emmanuel, el Dios-con-nosotros; un año vivido en la plenitud de los tiempos; un año auténticamente pleno.

Feliz Año Nuevo a todos.

Pablo Panedas Galindo, OAR