Un hombre de bien, un buen pastor

El agustino recoleto José María Lorenzo siempre será recordado por su sonrisa permanente e imborrable, su ánimo y su fortaleza. Fue vicario provincial en México y dedicó su vida a la gente, a los religiosos y a las personas que acudían a él. Francisco Javier Jiménez recuerda algunos retazos de su vida. 

José María Lorenzo Lerena era un hombre de bien, un buen fraile agustino recoleto y un buen pastor. Nació en san Millán de la Cogolla, La Rioja, España, el 21 de enero de 1937. Era el menor de ocho hermanos; entre ellos una hermana, Felisa, misionera agustina recoleta. A los diez años ingresó en Lodosa, en el colegio apostólico, para prepararse y responder a su vocación misionera. Lodosa, Fuenterrabía, Monteagudo y Marcilla marcan los hitos de su periplo formativo. Hizo su profesión simple el 14 de agosto de 1956 en Monteagudo, la profesión solemne tres años después en Marcilla y recibió el presbiterado el 17 de julio de 1960 en Marcilla. Estrenó su sacerdocio con un año de preparación pastoral en Madrid, preparándose para su experiencia en México.

Tras su año de preparación en Madrid, llegó a México con la fuerza de la juventud. 21 años seguidos en México dejaron huella indeleble en su vida. Los primeros cinco años los pasó en ministerios del Distrito Federal. Posteriormente estuvo diez años de misionero en Madera, al norte de México, y seis años como vicario provincial, dirigiendo y organizando la vida de más de ochenta religiosos de la Vicaría de México.

Regresó a España en 1982 para vivir en la casa provincial en Madrid y servir como vicario de la provincia San Nicolás de Tolentino durante seis años. Dentro del consejo provincial, le tocó encargarse de la tarea de animar y difundir un boletín informativo que mantuviera en contacto a los religiosos de la provincia y a sus familias. A ello se dedicó con afán, perseverancia, interés y empeño, como siempre.

Volvió a México el año 1988 para encargarse de un cometido muy diferente: animar, acompañar y formar la federación de monjas agustinas recoletas contemplativas. Se dedicó a esta empresa en cuerpo y alma durante seis años. Era el padre asistente, pero también el padre insistente, dada su tenacidad y constancia, inasequible al desaliento. Fruto de esos desvelos, detalles y atenciones es el cariño que todavía hoy le profesan las monjas recoletas de México y, sobre todo, el desarrollo y la consolidación de unos conventos en aquellos años muy jóvenes, muy necesitados de formación y atención.

Cumplida su misión con las monjas recoletas en México, regresó definitivamente a España el año 1994. La parroquia de santas Perpetua y Felicidad, en el barrio de La Elipa, Madrid, fue el escenario de sus desvelos y cuidados pastorales con el pueblo de Dios. Era otro mundo, otra realidad, otra gente, otra problemática, pero a todo le entró, con cariño, con interés, con entrega, con amabilidad, el pastor de ese rebaño.

El cambio de destino le trajo un aire de paz, descanso y sosiego. En 2001 dejó Madrid para vivir en el convento de Monteagudo, como párroco de santa María Magdalena durante 17 largos y fecundos años. Dejó en todos los parroquianos su estela de hombre de bien, bondadoso, fiel, cumplidor, entusiasta, alegre, sonriente siempre. Una sonrisa que es todo un mensaje, un regalo, una lección. La sacristana, las catequistas, los coros, la fraternidad seglar agustino recoleta saben bien de su celo, de su entrega, de su fidelidad inquebrantable, de su empeño en mejorar la iglesia (le tocó reconstruir el tejado y renovar el interior), así como de su afán por cuidar de sus ovejas, de sus feligreses, de su pueblo amado.

Veinte años en la misma comunidad dan para mucho. Además de su labor como pastor y párroco, su presencia en la comunidad de esta casa de formación contribuyó notablemente en la formación de los novicios. Su amabilidad, su sonrisa permanente e imborrable, su ánimo, su fortaleza frente a los achaques y dificultades, su profunda fe, devoción y religiosidad dejaron un hermoso legado a todas las generaciones de novicios que han pasado por Monteagudo durante este siglo XXI.

En la recta final, limitado y marcado por el dolor en la cadera y en la rodilla, seguía cuidando cada día de las noticias para el boletín provincial. No faltaba nunca a ningún acto de comunidad, participaba en muchas clases con los novicios, era animador destacado en las fiestas y los cumpleaños.

A finales de noviembre de 2020 comenzó a sentirse peor, en un proceso de deterioro físico que venía de meses atrás. Por sorpresa, le detectaron un cáncer de colon con diversas metástasis. El diagnóstico fue dramático: le quedan unos pocos días de vida, muy pocos, nos dijeron los médicos a primeros de diciembre. En comunidad le dimos la unción de los enfermos el día de san Francisco Javier, y le atendimos y cuidamos con todo cariño y dedicación: los frailes, en turnos de tres horas, durante el día; los novicios, en parejas, durante la noche, con el cuidado absoluta y admirable de Chelo, nuestra enfermera y con la gran ayuda de la unidad de cuidados paliativos. Su habitación ha sido oratorio, confesionario, lugar de encuentro, de diálogo, escuela y ejemplo para los novicios, estímulo fraterno para todos. La comunidad se volcó con él y él hizo mucho bien a la comunidad al sentirse tan en paz, tan agradecido, tan feliz, tan sonriente. Han sido dos meses y medio intensos, agotadores, fecundos. Celebró la Navidad con gozo. Celebró su cumpleaños el 21 de enero con alegría desbordante. El 9 de febrero partió hacia la casa del Padre.

Francisco Javier Jiménez OAR