Mirar a Dios sin mascarilla

Mirar a Dios sin mascarilla

El autor reflexiona sobre el uso de las mascarillas, de la imposibilidad de ver el rostro de las personas y de la posibilidad de ver a Dios en todo su esplendor.

Cuando pensamos en cuánto conocemos a alguien, son muchos los criterios que se nos pueden ocurrir, pero definitivamente uno de los principales es el haberse encontrado en persona al menos alguna vez. Además, parte muy importante de este conocer en persona es conocer el rostro del otro. No es una coincidencia el que acostumbremos decir que “le hemos puesto rostro” a una persona cuando nos encontramos con ella físicamente por primera vez habiendo oído ya sobre ella o habiéndonos comunicado previamente por correo o por teléfono. Y es que el rostro de las personas es muchas veces como la cereza del pastel de la imagen que tenemos de ellas. Cada vez que pensamos en alguien que conocemos o hablamos de él, seguramente una de las primeras cosas que nos vendrán a la mente –si no la primera– será su rostro. En ciertas ocasiones, los rasgos del rostro coincidirán con alguna característica que atribuimos a esa persona; otras veces, no tanto, pero siempre, en todos los casos, nos permiten caer en la cuenta de la singularidad de cada uno de los seres humanos con los que entramos en relación.

Este año que ha pasado nos ha permitido, entre otras cosas, valorar más y mejor el regalo que es poder entrar en contacto con quienes nos rodean. Acostumbrados a que fuera una cosa más de las que nos ocurrían todos los días, el tener que guardar cierta distancia unos de otros incluso al caminar, y el tener que hablar entre nosotros sin poder guiarnos de la reacción de la otra persona más que por lo que sus ojos transmitían o la mascarilla dejaba traslucir nos hizo caer en la cuenta de todo lo que implica (y significa) este entrar en relación con los demás.

Para mí, ha sido una experiencia doblemente particular, pues, una vez finalizado el año de noviciado en el convento de Monteagudo, luego de la profesión simple mis connovicios y yo pasamos a formar parte de la comunidad de Monachil. Si bien a los hermanos de mi nueva comunidad sí que los conocía –al menos de vista–, todas las demás personas allegadas al convento eran nuevas para mí, y me tocó conocerlas solo con medio rostro.

Como era de esperarse, esto trajo consigo más de una anécdota, pero una en particular me dejó pensando por varios días. Desde el primer momento, a todas las personas que colaboran en la casa solo las pude ver “a medias”. De las veces que nos encontrábamos durante la semana e intercambiábamos algunas palabras me pude ir haciendo más o menos una idea de cómo serían sus rostros. Sin embargo, a una de ellas fue recién un par de meses después de llegar a la comunidad que, pasando de casualidad cerca de la cocina, me la encontré tomando un café y pude ver su rostro. ¡Qué sorpresa la mía! Era totalmente diferente a como lo había imaginado. Dándole vueltas un poco después, caí en la cuenta de que yo había “compuesto” ese rostro con rasgos que había tomado prestados a los de otras personas que conocía. No diré que cambió totalmente mi percepción sobre esta persona, pero sí que sentí que la imagen que tenía de ella no podía permanecer igual luego de esta situación reveladora.

Esto me hizo pensar en dos cosas. En primer lugar, yendo más allá de lo físico, me quedé reflexionando sobre cuántas veces se nos hace muy fácil cargar a las personas que conocemos con ideas que traemos con nosotros, con nuestros preconceptos y prejuicios, y cómo nos cuesta mucho estar dispuestos a ver a los demás con una mirada nueva, a dejarnos sorprender por su singularidad, abiertos a aceptarlos como son y reconociendo que detrás de todo lo que podamos percibir hay una persona –un hijo de Dios–, que tiene su propia historia y sus igualmente particulares visión del mundo y perspectiva de la vida. Lo más sencillo es encasillar todo lo nuevo en lo que ya conocemos, completar el retrato de los demás con rasgos que ya nos son familiares, pero tomando esta vía rápida dejamos de lado un sinfín de posibilidades, entre las que se encuentran el poder aproximarnos bastante más a la realidad del otro y, a la vez, el poder crecer gracias a la riqueza que nos da la novedad de lo que ellas nos muestran.

Por otro lado, pensaba en que esto mismo que nos ocurre con las personas, también lo podemos vivir en nuestra relación con Dios. ¡Cuántas veces le ponemos a Dios la mascarilla de nuestras ideas, nuestros deseos o nuestras convicciones personales, y nos quedamos con un retrato recortado –y, por lo tanto, con frecuencia, no tan real– de Él! En muchas ocasiones, nos vemos identificados en la incomprensión que mostraba el hijo mayor del relato del hijo pródigo hacia la actitud del padre. Le aplicamos a Dios nuestros criterios y nos quedamos con una imagen muy reducida de Él. Si ya del encuentro honesto con quienes nos rodean podemos salir sorprendidos, ¡cuánto más al encontrarnos con el rostro de Dios, cuya lógica supera con creces cualquiera de las lógicas con las que vemos moverse a nuestras sociedades en la actualidad!

Gracias a Dios, incluso en una época de distanciamiento y mascarillas como la que vivimos hoy en día, podemos seguir encontrándonos con el rostro del Padre cuando queramos. Y sin ningún temor, porque lo único que nos podrá contagiar este encuentro es la misericordia y bondad que Jesús nos revela de este Rostro con su vida, sus palabras y sus enseñanzas.

El papa Francisco nos exhortaba en su homilía del domingo pasado –Domingo de la Palabra de Dios– a no renunciar a la Palabra de Dios, esa “carta de amor escrita para nosotros por Aquel que nos conoce como nadie más”, y nos recordaba que, “leyéndola, sentimos nuevamente su voz, vislumbramos su rostro, recibimos su Espíritu”. No tengamos miedo de aproximarnos a este mensaje de amor que el Señor nos dirige. Gracias al encuentro constante con Dios a través de su Palabra podremos ir dejando que se grabe a fuego en nuestro corazón la incomparable belleza de su Rostro, que es capaz de transformarnos desde lo más profundo de nuestro ser.

Pidámosle al Señor que nos ayude a caminar por la vida sin imponer nuestras “mascarillas” –ni a nuestros hermanos ni a Él–, para que, así, podamos hacer nuestras, con pleno convencimiento y firme propósito, las palabras del salmista: “Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro” (Sal 26, 8-9).

Rodrigo Madrid OAR