Un inicio fecundo para el camino cuaresmal

Un inicio fecundo para el camino cuaresmal

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 21 de febrero, Primer domingo de Cuaresma.

Hemos comenzado la cuaresma. Este tiempo de preparación para la celebración de la pascua de resurrección recibió el nombre “cuaresma” de los cuarenta días de penitencia que contiene. Efectivamente, si dejamos fuera de la cuenta los domingos, desde el miércoles de ceniza hasta el sábado santo incluido hay cuarenta días, que en tiempos de mayor rigor y espiritualidad eran días de ayuno. Todavía hoy siguen siendo días penitenciales, pero de otro modo: la liturgia de la misa y sus lecturas mantienen una constante llamada a la conversión, al arrepentimiento, al crecimiento en la caridad, en la oración, en la austeridad de vida. Cómo respondemos a esa llamada es ya responsabilidad de cada uno. Los domingos no entraron en la cuenta de los cuarenta días, pues ni siquiera en cuaresma los domingos han sido días penitenciales, pues en ellos se anticipa la celebración de la pascua, hacia la que se orienta la cuaresma. Los domingos de cuaresma centran nuestra atención en Jesús, en su amor por nosotros, en su victoria sobre el pecado y la muerte, en la esperanza de vida eterna que podemos tener quienes creemos en él.

La razón por la cual la Iglesia dispuso que los días de penitencia cuaresmal fueran cuarenta hay que buscarla en el relato de las tentaciones de Jesús. Como nos dice hoy san Marcos, el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivió allí entre animales salvajes y los ángeles le servían. Esta noticia del evangelista san Marcos es la más escueta y breve, si la comparamos con la de Mateo o Lucas que narran tres pruebas a las que Satanás sometió a Jesús. El relato de Marcos dirige nuestra atención hacia el mismo hecho de la prueba, no a los modos en que Jesús fue probado.

Los evangelistas narran este episodio después del bautismo de Jesús en el Jordán. El Espíritu que bajó sobre él en esa ocasión ahora lo impulsa a retirarse al desierto. Es como si esta prueba fuera la necesaria capacitación de Jesús para su misión; como si la superación de la prueba fuera la garantía anticipada de la victoria final de la obra para la que Jesús vino a este mundo. Jesús imita a Moisés que pasó cuarenta días y cuarenta noches en la montaña del Sinaí, cuando recibió las tablas de la ley (Ex 24,18). Imita al profeta Elías, que caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar a la montaña de Dios, alimentado con el pan y el agua que le ofreció el ángel del Señor (1Re 19,8). Cuarenta días sostenido solo por Dios, consagrado solo a Dios, para estar en manos de Dios para lo que Él disponga. Marcos no dice que Jesús ayunara durante ese tiempo, pues ángeles le servían; lo del ayuno lo mencionan Mateo y Lucas. Lo que Marcos destaca es que, durante ese tiempo, Jesús estuvo sometido a la prueba por Satanás.

Esto no le ocurrió ni a Moisés ni a Elías, aunque este último huyó a la montaña de Dios, para escapar de una persecución humana. El evangelista Marcos se limita a decir que Jesús, durante su permanencia en el desierto fue tentado por Satanás. Uno piensa en Adán y Eva tentados por la serpiente al inicio de la historia de la humanidad. En tiempos de Jesús, ya se interpretaba que la serpiente astuta que incitó a Adán a desobedecer a Dios era en realidad Satanás. Jesús es el nuevo Adán, que a diferencia del primero y antiguo, no sucumbe a las pruebas a que Satanás lo somete y se mantiene fiel a Dios. Esa comparación entre Adán y Cristo era común en tiempos de los apóstoles como consta en diversos pasajes de las cartas de san Pablo. Cito uno. Dice san Pablo: Por tanto, así como por el delito de uno solo, Adán, la condenación alcanzó a todos los hombres, así también la fidelidad de uno solo, Cristo, es para todos los hombres fuente de justificación y de vida (Rm 5, 18). Al inicio de la cuaresma, el relato de Jesús que se mantuvo fiel en la prueba y fue obediente a Dios para nuestra salvación fortalece nuestra esperanza y nos motiva a poner nuestra fe en Jesús para que su obediencia sea para nosotros fuente de santidad.

San Marcos concluye su relato de los cuarenta días de Jesús en el desierto con esta otra declaración: Vivió allí entre animales salvajes y los ángeles le servían. Jesús se encuentra entre dos extremos: de una parte, la vida salvaje y solitaria, estado de deshumanización para quien piensa que el ideal humano es la vida comunitaria urbana; de otra parte, la convivencia con los ángeles, que es la aspiración de quienes deseamos ser ciudadanos del cielo.

El evangelista continúa su relato y nos dice que después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea a predicar el evangelio de Dios. Jesús ha superado la prueba y ahora anuncia la buena nueva de que la victoria sobre Satanás se extiende a quienes la acogen con fe. San Marcos en su relato de la vida de Jesús nos habla de su predicación como actos liberadores que devuelven a los hombres su integridad, su libertad y le otorgan además la esperanza de la vida eterna.

Al inicio de la cuaresma, la lectura de este evangelio nos permite escuchar una vez más la invitación de Jesús: Se ha cumplido el tiempo. El reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el evangelio. Tenemos faltas y pecados de qué arrepentirnos; aprovechemos la cuaresma para confesarnos y recuperar la paz con Dios. Podemos crecer en caridad; aprovechemos las oportunidades para perdonar a los que nos han ofendido, para servir a quienes requieren nuestra ayuda. Podemos ser más responsables en nuestra familia y nuestro trabajo; esmerémonos en hacer operativa nuestra fe en la vida de cada día. Podemos conocer mejor a Jesús y su Evangelio; dediquemos unos minutos al día para leer un evangelio o alguna carta de san Pablo. Podemos ser más asiduos en la oración; hagamos más tiempo en nuestro horario de cada día para dedicar unos minutos a estar con Dios en oración. Podemos enfocar mejor nuestra vida hacia la meta que Dios nos ofrece; purifiquemos nuestra mirada y hagamos de Dios nuestra prioridad. Sea Él nuestra riqueza, nuestra seguridad, nuestra plenitud. Hagamos del salmo responsorial de hoy una oración cuaresmal: Descúbrenos Señor tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina, para que alcancemos la salvación. Sea este el inicio fecundo de nuestro camino cuaresmal.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Obispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)