Conversión, plataforma de encuentro

Conversión, plataforma de encuentro

El autor reflexiona sobre la conversión de San Agustín como una herramienta de diálogo, búsqueda y cultura, en la línea de la directriz de los Agustinos Recoletos para 2021.

El hombre contemporáneo quiere sentir emociones y para ello amontona un largo curriculum de experiencias efímeras que no pueden aportar riqueza interior. Por el contrario, el joven Agustín desde el robo de las peras hasta la noche de Pascua del 387 nos muestra que cuando los lances de la vida se viven desde el corazón, -donde está entera la persona y activa la gracia de Dios- llevan, tarde o temprano,  a una opción transformadora, conducen a la conversión, es decir, aportan vida y futuro, pues al final “a cada uno Dios le retribuye según la disposición de su corazón” (Réplica a Parmeniano 1,6,11).

El bautismo de san Agustín fue punto de confluencia de una serie larga de acontecimientos significantes. Significantes porque él supo leer los latidos de cada suceso en la partitura de su vida. Diríamos que la vida del joven Agustín hasta el 387 ha sido una plataforma de diálogo, búsqueda y cultura.

Veamos algunas escenas de su peregrinación prebautismal. Advertimos ya desde el inicio que el principal encuentro no fue propiamente tal sino una cercanía continua, sombra benéfica  con alma de acompañante: su madre Mónica.

La lectura del Hortensio, cambió las perspectivas de su mirada  impulsándole hacia la sabiduría inmortal. El encuentro primero con las Escrituras fue diálogo “fallido”, pero sembró la inquietud de una asignatura pendiente. El convivir durante nueve años con la secta maniquea trazó un interrogante amargo en su espíritu. El diálogo con los sueños de su madre Mónica resultó profético, pues lo reveló ya subido a la regla de la fe. La muerte del amigo de Tagaste supuso un revés de la vida en plena juventud como para hacerle resetear el orden del amor. Su primer fruto: “De lo bello y lo útil”, revela al escritor novel que se lanza a la palestra editorial hablando de la belleza, que en el fondo es la melodía que sigue su corazón.  Un desengaño de encuentro con la cultura: la entrevista con Fausto resultó ser un desencuentro, crónica de una desilusión anunciada. Agustín también da cabida en su escenario a personajes oscuros como la duda y la incertidumbre tejiendo un coloquio cruzado entre maniqueos, astrólogos, escépticos, platónicos… También hay escenas en que ha de conversar con la incoherencia, con la anemia espiritual y con la voluntad enferma de donde surgen los mejores monólogos de su drama vital. Un tropezón con un borracho en las calles de Milán remueve las fibras de su interior y le hace renunciar a la mentira del retor profesional de la corte para abrazar la verdad sencilla, la única que podrá darle felicidad; terapia de chock:  la dicha de un beodo le hace abandonar el cargo en la corte. Y el diálogo con Ambrosio, las homilías de este hombre carismático, el obispo que le deja intrigado, incompleto en su audiencia, sí,  pero incuestionable como modelo de vida. Hay también en el recorrido de Agustín, muchas relaciones de amistad. El amigo Simpliciano, educador de su alma, que sabe contar historias. La conversación con el compatriota Ponticiano,  quien le felicita por leer las cartas de san Pablo y le cuenta la vida de san Antonio, quien fue atraído al desierto en Egipto por la escucha del Evangelio. Todo estaba ya preparado para que sonara la canción “toma y lee” como definitivo mensaje que invitará con san Pablo a revestirse de Cristo. Finalmente, el joven Agustín organiza la comunidad de Casiciaco, auténtica palestra de encuentro, donde se vive en ejercicio creativo de cultura autóctona e inclusiva, donde todos buscan, oran, trabajan en amistad y componen, con espíritu más que con tinta, los “Diálogos de Casiciaco”.

Agustín vive atento, discierne, -discernir es cerner, cribar- y va  sembrando en la almáciga aquellas semillas de su vida juvenil quizá momentáneamente incomprendidas, pero que intuye guardan latido interno, es decir, tienen futuro. A su tiempo despuntarán y serán verdadera cultura – cultura viene de cultivo-. Esta es la “cultura del corazón” que describe fray Pedro Merino en un artículo reciente.

En efecto, la vida y Dios retribuyen lo que cada uno ha concebido con totalidad de mente y corazón. Por el contrario, vivir una serie de instantáneas vacías, modo selfie, no conduce a nada nuevo.

Para promover plataformas de diálogo en búsqueda de la verdad, Agustín nos enseña que antes que nada hay que vivir con alma despierta los hechos de la vida personal. Quien busca la verdad busca a Dios. Quien busca de verdad, encuentra.

Lucilo Echazarreta OAR