¿Tendríamos a San Agustin si no hubiéramos tenido a San Alipio?

¿Tendríamos a San Agustin si no hubiéramos tenido a San Alipio?

El autor reflexiona sobre la importancia que tiene San Alipio en el legado que nos ha llegado hoy de San Agustín.

Al momento de profundizar y reflexionar en la vivencia profunda de la amistad podremos coincidir que pocas personas han vivido con más intensidad la amistad que San Agustín de Hipona. Al respecto, también se pronunciaron Aristoteles, quien supo decir que “la amistad es lo más necesario para la vida” o el mismísimo Cicerón, de sabida influencia en el pensamiento agustiniano, quien sostenía que “suprimir la amistad de la vida sería lo mismo que eliminar al sol del mundo”.

El tema de la amistad en San Agustín se extiende a lo largo de toda su vida y que en los momentos más significativos se hace presente de una manera especial.

En el día que recordamos la memoria de San Alipio de Tagaste, en una ocasión propicia para preguntarnos: ¿Tendríamos a San Agustin si no hubiéramos tenido a San Alipio? A la luz de los hechos me tomaría el atrevimiento de especular que no. Dios se ha valido de destacados instrumentos para que la Iglesia se nutra de tan distinguido santo, entre los cuales Santa Mónica y San Ambrosio son los más reconocidos. No obstante, sin la amistad filial de Alipio, la obra de Dios en Agustín no podría haber sido completada.

Alipio nació en Tagaste y su familia pertenecía a la nobleza local. Pequeño de estatura, pero de ánimo fuerte y de carácter virtuoso, trabó una afectuosa e íntima amistad con Agustín, hasta el punto de que éste lo llama repetidamente ”frater cordis mei”, hermano de mi corazón. Con él compartió los errores de juventud, la conversión, la vida religiosa y las fatigas del apostolado.

En el tránsito de sus vidas compartidas, Agustin supo rescatarlo de su debilidad por el circo romano, aunque también lo convenció de ingresar al maniqueísmo junto a él. A la inversa, mas adelante en el tiempo, fue el propio Alipio quien, habiendo abrazado la castidad como forma de vida antes que Agustin, logró rescatar a nuestro Santo de las pasiones de la carne y ganarlo para la vida consagrada al Señor. Ambos abrazaron la fe y se prepararon en Casiciaco para recibir el sagrado bautismo. Finalmente, fue voluntad de Dios que ambos accedieron al episcopado, Alipio de Tagaste y Agustín de Hipona.

Ahora bien, qué importante es para quienes vivimos el carisma de nuestra Orden, poner especial énfasis en el don de la amistad y sobre todo, vivirla a imagen de nuestros santos. En esta ocasión, quisiera detenerme en la persona de Alipio. En efecto, ¿somos conscientes de nuestro llamado a encarnar la imagen de Alipio para nuestros amigos?

Hacerlo implica asumir el desafío de sabernos necesitados por ellos mientras se enfrentan a dilemas profundos en la búsqueda de Dios, como lo estaba nuestro patrono en la escena de jardín, o bien, padeciendo por sus debilidades frente a las tentaciones de los espectáculos mundanos.

A semblanza de Alipio, debemos tener la disposición para ser instrumento de Dios para nuestros amigos y que a pesar de nuestra imperfección podamos servir para que ellos abracen la fe y perseveren en ella hasta alcanzar la santidad.

Ante sí, Alipio no deja nunca que ni la debilidad ni la contradicción que se apoderaban del corazón de Agustin, distorsionen su afecto ni su convicción de que, con ayuda del altísimo, su amigo alcanzará la verdad que buscaba. De igual modo, ¿cuántas veces nos hemos visto perplejos ante los pecados de nuestros amigos? Siguiendo la doctrina paulina, decimos que donde abunda el pecado deberá sobreabundar el amor. Así pues, cuando tu amigo se desvíe, ¿quién mejor que vos para ayudarlo a retomar el camino recto? Si conoces su corazón, no te dejes llevar por su error, no pierdas la confianza él y apoyarlo a pesar de sus resistencias… ¿Qué hubiera sido de nosotros si Jesus no se entregaba por nuestros errores? ¿Qué hubiera sido de Agustin sin la palabra justa y atinada de Alipio?

San Alipio nos anima a ser perseverantes en la vivencia de la amistad, a aceptar con ternura las debilidades del otro y predisponernos a ser instrumentos de Dios en su vida. Frente a tu amigo necesitado, déjate inspirar por Alipio. Él nunca dejó de creer en su amigo, todo lo contrario. Predispone tu corazón a contribuir con paciencia y amor, pero también con firmeza e interpela a tu amigo con determinación para encaminar su búsqueda, él posiblemente no pueda hacerlo sin tu ayuda.

No declines en rezar por tus amigos. Pide a Dios por ellos, puesto que no hay amistad verdadera sino entre aquellos a quienes tu aglutinas entre sí por medio de la caridad, derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm. 5, 5). (Conf. 4.4.7). Y recuerda, es muy probable que no tendríamos a San Agustin, sino tuviéramos a Alipio, por eso no dejes nunca de ser Alipio en la vida de tus amigos.

Carlos Zunino