Pinceladas de fe y de amor

Además de religiosos agustino recoleto, David Conejo tiene además otra vocación: la de artista. Desde que tenía 20 años intenta evangelizar con el pincel en mano.

Cuando el 20 de octubre de 2017 se descubrió la tela que tapaba la nueva pintura de Santa Magdalena de Nagasaki, su autor estaba muy nervioso. Para el agustino recoleto David Conejo ese momento suponía la confirmación de que su afición por la pintura no era intrascendente y que su obra realmente tocaba la sensibilidad de la gente. Este cuadro tendría una mayor proyección que los otros que ya había realizado; a los pocos minutos de ser presentado ante más de cincuenta miembros de la Fraternidad Seglar Agustina Recoleta en Madrid, la imagen fue compartida por redes sociales a todo el mundo. Pasado el tiempo, cuando este joven costarricense vuelve a colocarse frente a su creación, tiene “la tentación de arreglar alguna cosa”. El arte, para el artista, nunca es perfecto.

Su vocación artística ha ido de la mano en todo este tiempo de su vocación religiosa, no solo por su temática sino por sus inicios. “No empecé a pintar hasta que no estaba en la Orden”. En su último año en el seminario de los Agustinos Recoletos en Pozos de Santa Ana (Costa Rica) comenzó a interesarse por la pintura. David nunca había agarrado un pincel, aunque era aficionado a realizar pequeñas artesanías. María Eugenia Trujillo, miembro de la FSAR, fue su mentor: le invitó a acudir a clases y le regaló un lienzo, en el que pintó su primera obra. La Virgen de la Consolación protagonizó su opera prima, que dejó en el seminario. La patrona de la Recolección le acompañó en sus inicios en el camino vocacional y por ello “quería dejar algo significativo” en la que fue su casa por unos años.

El religioso pintor fue desarrollándose. En el noviciado siguió creciendo artísticamente. Aprovechaba los momentos de silencio para plasmar lo que guardaba en su interior. En el teologado continuó su formación; acudía semanalmente a clase al taller de dos pintores, que le ayudaron a perfeccionar su técnica. El primer fruto de esas clases fue Santa Magdalena de Nagasaki, su pintura más querida. “Mi profesor me dijo que hiciera una pintura libre”. Eligió la santa terciaria japonesa porque sentía que la familia agustina recoleta estaba huérfana de una representación a la altura de su testimonio de vida. El religioso tenía la misma edad que la joven cuando fue torturada y martirizada en Japón. Era otro de los motivos por los que esta pintura tenía un sitio especial en su corazón.

En esa obra dejó bellos retazos de un gran artista: una pintura fina, un uso extraordinario del color y una representación humana de la santa. Su relación con ella, igual que con todos los santos que ha pintado, cambió. Tantas horas conociéndola, tratándola y perfeccionándola acercó su figura al joven pintor. Igual ocurrió con San Agustín, que pintó en 2019 inspirándose en la representación más antigua del Padre de la Iglesia, un fresco del siglo VI del Palacio de Letrán de Roma. Esta obra fue especialmente dura: en una clase el profesor quiso perfeccionar su cara y estropeó la pintura. Un duro contratiempo que le ayudó a forjarse frente a la adversidad.

Hoy nadie discute la valía de David Conejo. Aunque comenzara a pintar cumplidos los 20 años, parece que hubiera nacido con un pincel en la mano. La pintura es su gran pasión, no un hobby. En sus obras plasma lo que siente, lo que piensa, sus devociones y sus intereses. Todo ello, con enorme gusto y amor, al estilo agustiniano. Sus seis años en España le han influido. Su estilo está muy marcado por los más célebres pintores españoles. “Me gusta mucho Murillo, Ribera y Velázquez”, afirma. El primero de ellos es su gran referente: “Era católico practicante y eso se nota en la forma de transmitir el mensaje que él está viviendo y en el que cree”.

Ser católico es el complemento perfecto a su técnica y su potencial artístico. Antes y después de comenzar sus momentos de pintura, se pone en presencia divina para sentirse inspirado en cada trazo. El proyecto se lo encomienda al santo o advocación mariana que representará. Mientras pinta, todo es paz. “La pintura es una actividad pacífica; nadie le hace daño a nadie y tratamos de sacar lo que tenemos dentro”. El arte le ayuda a estabilizar su ánimo, aunque también implica estudio y sacrificio.

David Conejo puede ser considerado un misionero de la pintura. Cuando se le pregunta por qué pinta un religioso, su explicación trasciende de lo personal y se dirige directamente a lo pastoral. Como artista, su objetivo es acercar el arte a todo el mundo, independientemente del lugar en el que vivan o de la situación que atraviesen. “Los pobres, necesitados y descartados de nuestros ministerios tienen también derecho a conocer la fe en forma de arte”, defiende. Desea romper moldes, acabar con la concepción clasista de la pintura y llevar el arte a todos los lugares, por recónditos que sean. “Mi propósito es que cualquier cristiano tenga derecho al arte y a ver su fe reflejada en la pintura”. Fe y arte.

“Dios no es solo bondad, también verdad y belleza. El mensaje de Cristo es bello. Debemos plasmarlo en la pintura y llevarlo a todos los rincones, para que toda la gente pueda alabar la belleza del Evangelio”. Así concibe el arte David Conejo. El artista solo acaba de comenzar su camino. El lienzo de su historia se irá completando pincelada a pincelada.

Carlos Santana

Artículo publicado en el Anuario OAR 2020