Sacramento de vida

Con la celebración de esta solemnidad y la del Sagrado Corazón de Jesús dentro de ocho días ponemos fin a las celebraciones pascuales.  La reflexión de Mons. Mario Alberto Molina se centra en torno al concepto de alianza, hilo conductor que une las tres lecturas que se nos proponen para el domingo.

Esta solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo es un modo de agradecer a Dios este sacramento de vida. Es un sacramento que nos concede la gracia de la presencia de Jesucristo en la Iglesia, es un sacramento que actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz, es un sacramento que anticipa el banquete del cielo y la plenitud de vida que esperamos. Es el sacramento de la comunión, por el que Cristo habita en nosotros y nosotros en él, para formar con él su Cuerpo, que es también la Iglesia. Esta solemnidad nos ofrece cada año la oportunidad de conocer mejor la riqueza de este sacramento, de valorar mejor el amor de Cristo que en él se nos ofrece, de adorar más resueltamente la presencia de Cristo Dios entre nosotros y de esperar con mayor confianza la plenitud que esperamos. 

Las lecturas que la Iglesia nos propone para esta solemnidad este año destacan el significado de la eucaristía como alianza que Dios nos ofrece. Las tres lecturas mencionan la alianza. El libro del Éxodo relata el sacrificio con el que Moisés estableció la primera y antigua alianza de Dios con Israel, cuando lo sacó de Egipto. Después de la promulgación de los mandamientos de Dios, el pueblo declaró que aceptaba obedecerlos y Moisés realizó un rito, con derramamiento de la sangre de novillos. Derramó parte de la sangre sobre el altar que había construido y con la otra parte roció al pueblo, diciendo: esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído. En el evangelio, encontramos el relato de san Marcos de la última cena de Jesús. El Señor instruye a los discípulos para que preparen la cena de pascua. Durante la celebración de la cena, Jesús bendijo pan y lo declaró su cuerpo. Y tomó también una copa de vino. En las palabras que pronuncia sobre el vino vuelve a aparecer el término alianza: Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Otros evangelistas especificarán que Jesús dijo nueva alianza. Finalmente, el autor de la Carta a los hebreos, al reflexionar sobre el significado salvador de la muerte de Cristo, dice que Jesús ejerció como sacerdote, y en esa calidad se presentó ante Dios llevando en sus manos su propia sangre como sacrificio de expiación para el perdón de los pecados y abrir así para todos el acceso hasta Dios. Y concluye: Por eso, Cristo es mediador de una alianza nueva. Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la antigua alianza, para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que él les había prometido. 

¿Qué es entonces esta alianza y qué relación tiene con la eucaristía? La alianza es la institución que regula las relaciones de Dios con la humanidad. Es tan básica y fundamental, que los libros sagrados se distinguen con el nombre de libros de la antigua alianza y libros de la nueva alianza. Cuando decimos Antiguo Testamento y Nuevo Testamento como las dos grandes partes de la Biblia, detrás de la palabra “testamento” está la palabra “alianza”. Una homilía no es el lugar para hacer historia de las palabras y de las traducciones, pero el hecho de que las dos partes de la Biblia lleven (aunque sea de modo escondido) el nombre de “antigua alianza” y “nueva alianza” ya es una señal de la importancia de esta institución en las relaciones de Dios con nosotros. Las dos grandes etapas de la historia de la salvación se distinguen por la alianza que regulaba cada una de ellas. 

Una alianza, por lo general, es un pacto, un acuerdo, entre dos partes iguales. La peculiaridad de las alianzas de Dios es que las dos partes no son para nada iguales. De un lado está Dios y del otro los hombres pecadores, sea primero el pueblo de Israel sea después la Iglesia cristiana. Se llama alianza, porque implica una especie de compromiso de parte de Dios hacia la humanidad y de parte de la humanidad hacia Dios. En la primera alianza, la que se ratificó por medio de Moisés al pie del monte Sinaí, Dios había ya liberado al pueblo de la esclavitud de Egipto. Ahora se comprometía a seguir siendo su Dios, su protector y salvador, con la condición de que Israel también tuviera al Señor como su único Dios y que mostrara esa fidelidad obedeciendo sus mandamientos. Por eso la respuesta del pueblo, cuando Moises les propone la alianza es: Obedeceremos. Haremos todo lo que manda el Señor. Las palabras que expresan esa alianza en boca de Dios son: Yo, el Señor, seré su Dios y ustedes serán mi pueblo (Jr 7,23). Los profetas, sobre todo Jeremías, declararon esa alianza caduca y rota, pues el pueblo de Israel no se había mantenido fiel a ella. Pero como el amor de Dios no caduca y su misericordia es eterna, Jeremías y Ezequiel prometieron, de parte de Dios, una nueva alianza para el futuro. Esa es la alianza que estableció Jesús en su sangre. Una nueva alianza para el perdón de los pecados, una alianza que es pura gracia y puro don. Una alianza que además del perdón de los pecados, otorga el don del Espíritu Santo, que crea un corazón nuevo, que suscita la obediencia a la voluntad de Dios en quienes se dejan guiar por él. En las palabras sobre el cáliz que pronuncia el sacerdote en cada misa queda muy claro: ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR USTEDES Y POR MUCHOS PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. 

La eucaristía por lo tanto es el sacramento de la nueva alianza instituida por Cristo con su muerte en la cruz. Quienes reciben el bautismo, la confirmación y participan con la comunión en la santa eucaristía nos acogemos a esa alianza. Es una alianza por la que pertenecemos a Dios para ser santos. Es una alianza que nos constituye como pueblo de Dios en el mundo junto con otros creyentes en Cristo, especialmente con quienes participan plenamente en los bienes de la salvación en la Iglesia católica. Alegrémonos y démosle gracias a Dios de ser su pueblo, de que él nos ha perdonado y ya desde ahora nos anticipa el banquete del cielo en la celebración de la eucaristía. Esa dimensión abierta al cielo de la misa se ha oscurecido y ocultado en nuestras celebraciones tan centradas en nosotros mismos, en lo que somos y hacemos, y olvidadas de la meta hacia donde nos encaminamos. Que esta meditación sobre el significado de este sacramento desde la perspectiva de la alianza nos haga conscientes de nuestro vínculo con Dios y de nuestra pertenencia a él. 

Mons. Mario Alberto Molina, OAR