¿Cómo ser creyentes hoy?

¿Cómo ser creyentes hoy?

¿Cómo ser creyentes en una cultura cada vez más hostil a la fe y cada vez menos tolerante con las actitudes mentales que propician la fe? Mons. Mario Alberto Molina nos ofrece su reflexión sobre las lecturas del Domingo XIV del Tiempo Ordinario.

El pasaje evangélico de hoy es extraordinario. El evangelista san Marcos no teme declarar que Jesús fue rechazado, que sus parientes y paisanos no creyeron en él. En un escrito de propaganda, jamás aparecería un episodio así. Los evangelios son escritos que pretenden suscitar en los lectores la fe en Jesús, pero no son escritos de propaganda, de promoción de imagen. La promoción de imagen, tan común en las campañas políticas, se vale de medias verdades, porque destacan los éxitos y logros y ocultan los fracasos y falencias. Los evangelios son escritos de promoción y anuncio de la fe y por eso no se avergüenzan de decir que Jesús encontró resistencia entre los suyos, parientes y paisanos; que no todos le creyeron; que la invitación a la fe no es una convocatoria a un seguimiento ciego, sino que es una llamada que va acompañada de discernimiento y reflexión.

La acción del relato se desarrolla de esta manera. Jesús regresa a su tierra, es decir, a su pueblo de crianza, a Nazaret. Llega con sus discípulos. Su fama ha llegado al pueblo antes que su persona, pues, aunque no pudo hacer allí ningún milagro, porque no encontró fe, sin embargo, la gente sí sabía que tenía sabiduría y poder para hacer milagros. La demasiada familiaridad con Jesús impide a los nazaretanos hacer la opción de fe. ¿Acaso no es este el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas? Es interesante constatar que esta misma pregunta que se hacía la gente de Nazaret acerca de Jesús, la siguen utilizando los adversarios de la Iglesia católica para sembrar dudas en los creyentes en torno a la fe recibida, para distraer a los creyentes de lo que es realmente importante. Los de Nazaret decían: “no puede ser que este hombre sea el enviado de Dios, pues creció aquí entre nosotros y conocemos su parentela”.

Los que siembran dudas en el corazón de los fieles hoy dicen: “no puede ser que la fe católica sea verdadera pues los católicos dicen que la madre de Jesús permaneció virgen y no tuvo más hijos, y ya ven, el evangelista san Marcos dice que tenía cuatro hermanos y varias hermanas.” En ambos casos se trata de poner obstáculos para impedir la fe. En ambos casos, los enemigos de la fe utilizan a la parentela de Jesús para desacreditar la naturaleza de su identidad como Hijo de Dios, enviado de Dios, salvador nuestro. Pues negar la virginidad de María es como negar la condición divina de Jesús, pues esa virginidad es el signo de la divinidad de su Hijo, como la maternidad es el signo de su real humanidad. Jesús puede tener hermanos que no sean hijos de la Virgen María; pueden ser hijos de un previo matrimonio de san José o más probablemente hijos de un difunto hermano de san José, y acogidos y adoptados por José y María en su propia casa.
La fe no se impone como una deducción lógica que se debe ser aceptada por la fuerza del razonamiento. La fe es razonable, pero exige la voluntad de creer. Por eso podemos resistir a la fe, negarnos a creer. Dios se lo había explicado muy claramente al profeta Ezequiel, cuando lo envió a anunciar su palabra. Te envío a un pueblo rebelde. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para que les comuniques mis palabras.

La fe se nos ha vuelto problemática también en nuestro tiempo, pues la cultura en que vivimos, marcada por el modo de razonar de las ciencias, nos ha vuelto insensibles a otras dimensiones de la realidad, que se captan a través de otros procesos de percepción humanos. La belleza de la forma, la consistencia del ser, la iluminación del sentido de la vida, todas ellas requieren el asentimiento de la voluntad para ser reconocidas y aceptadas. Dios se manifiesta en ellas. La fe no es una opción ciega y la preparación para hacer la opción de creer requiere un razonamiento que sustente la opción. Pero la fe no será nunca una deducción de nuestro pensamiento, sino será siempre un don recibido de Dios en la Iglesia. Por eso debemos orar, para que el Señor nos ayude a descubrir la riqueza de la fe que hemos recibido y en la que ya vivimos, nos ayude a fortalecer la opción de ser creyentes, para poder ayudar a otros también a hacer la opción de la fe.

El testimonio de san Pablo es ilustrativo. Aunque Pablo habla del ministerio, su razonamiento se puede aplicar a la fe. San Pablo dice que corría el peligro de atribuirse a sí mismo su éxito evangelizador y de enorgullecerse de sus experiencias religiosas como de un logro propio. Pero la conciencia de sus debilidades, lo condujo a la verdad sobre sí mismo y sobre su ministerio. Para que yo no me llene de soberbia por la sublimidad de las revelaciones que he tenido, un enviado de Satanás me abofetea para humillarme. No sabemos en qué consistía esa humillación. Pero lo que Pablo entendió que Dios le decía a través de esas experiencias negativas es que él era simple instrumento en manos de Dios. Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad. Por eso dice que se alegra en sus debilidades, a saber, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando soy más débil, soy más fuerte. San Pablo diría: “cuanta mayor sea la conciencia que tengo de mi indigencia, de mi debilidad, de mi fragilidad, entonces con mayor evidencia tengo ante mis ojos que el poder de mi palabra, la fuerza de mi ministerio, los logros que tengo en la evangelización, no se deben a mis habilidades, sino a la fuerza de Dios que actúa a través de mi persona.”

El futuro de nuestra Iglesia estará en aquellos pocos que, como Pablo, no se apoyarán para creen en la fuerza de sus razonamientos, sino en el poder transformador de la fe para dar sentido de vida, alegría y esperanza. Muchas veces será la gente más sencilla, sensibles al sentido de las cosas y su belleza, la que estará más inclinada a creer y a dar testimonio de su fe, pues en esa dimensión que perciben, descubrirán a Dios. Quienes se armen de argumentos científicos y racionalistas serán los más resistentes e incapacitados para dar el paso de la fe, pues su propia forma de pensar les impedirá ver en el Hijo de María al Hijo de Dios. Pidamos, pues, al Señor, la humildad y la docilidad para creer, para entrar en la dinámica de la belleza y del sentido del mundo y de la vida para atisbar allí la presencia salvadora de Dios y descubrir en Jesús a nuestro salvador.

Mons. Mario Alberto Molina, OAR