Santa Mónica, en Las Confesiones de San Agustín

San Agustín vivió los momentos más importantes de su vida junto a su madre Santa Mónica, como relata él mismo en Las Confesiones.

San Agustín es, como cabe entender, el protagonista principal de Las Confesiones, su autobiografía en la que cuenta el camino que recorrió hasta descubrir el amor de Dios. Sin embargo, el obispo de Hipona otorga una gran importancia a su madre. Santa Mónica aparece en numerosas ocasiones mencionadas en el libro más importante de Agustín. Junto a ella vivió los momentos determinantes de su vida.

Gracias a lo que cuenta de su madre podemos saber cómo era Santa Mónica, cómo vivió las peores etapas de su hijo y cómo recibió la noticia de su conversión. Aunque son muchas referencias, hay algunas que son especialmente significativas: las lágrimas por San Agustín, las oraciones por su alma o la alegría de la conversión.

Diez menciones en Las Confesiones a Santa Mónica

Lleva a san Agustín a que reciba la iniciación cristiana.
Y fui signado con el signo de la cruz, y se me dio a gustar su sal desde el mismo vientre de mi madre, que esperó siempre mucho en ti. (conf. 1, 17)

Santa Mónica ora por san Agustín.
Entre tanto, mi madre, fiel sierva tuya, lloraba en tu presencia mucho más que las demás madres suelen llorar la muerte corporal de sus hijos, porque veía ella mi muerte con la fe y espíritu que había recibido de ti. Y tú la escuchaste, Señor; tú la escuchaste y no despreciaste sus lágrimas, que, corriendo abundantes, regaban el suelo allí donde hacía oración (conf. 3, 19)

El sueño de Mónica.
Soñó, en efecto, estar de pie sobre una regla de madera y a un joven resplandeciente, alegre y risueño que venía hacia ella, toda triste y afligida. Al preguntarle este joven por la causa de su tristeza y de sus lágrimas diarias, no por ánimo de enterarse como ocurre ordinariamente, sino para aconsejarla, y ella a su vez le respondiese que lloraba mi perdición, le mandó que se tranquilizase y que observara cómo donde ella estaba allí estaba yo también. Y cuando ella fijó su vista, me vio junto a ella de pie sobre la misma regla (conf. 3, 19)

«No se puede perder el hijo de tantas lágrimas».
Diste, digo, otra respuesta a mi madre por medio de un sacerdote tuyo, cierto obispo, educado en tu Iglesia y ejercitado en tus Escrituras,(…) le dijo: «Vete en paz, mujer; ¡así Dios te dé vida! que no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas,» (conf. 3, 21)

Santa Mónica ora por san Agustín.
Y es que tus manos, Dios mío, no abandonaban mi alma en el secreto de tu providencia, y que mi madre no cesaba día y noche de ofrecerte en sacrificio por mí la sangre de su corazón que corría por sus lágrimas. (conf. 5, 13).

No sabía esto mi madre (que san Agustín estaba gravemente enfermo en Roma), pero oraba por mí ausente, escuchándola tú, presente en todas partes allí donde ella estaba, y ejerciendo tu misericordia conmigo donde yo estaba, a fin de que recuperara la salud del cuerpo, todavía enfermo y con un corazón sacrílego (conf. 5, 16).

Otro sueño de santa Mónica.
Ya había venido a mi lado la madre, fuerte por su piedad, siguiéndome por mar y tierra, segura de ti en todos los peligros; tanto, que hasta en las tormentas que padecieron en el mar era ella quien animaba a los marineros —siendo así que suelen ser éstos quienes animan a los navegantes desconocedores del mar cuando se turban—, prometiéndoles que llegarían con felicidad al término de su viaje, porque así se lo habías prometido tú en una visión. (conf. 6, 1)

Después de la conversión de san Agustín.
Entramos a ver a mi madre, indicándoselo, y se llenó de gozo; le contamos el modo como había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba victoria, por lo cual te bendecía a ti, que eres poderoso para darnos más de lo que pedimos o entendemos, porque veía que le habías concedido, respecto de mí, mucho más de lo que constantemente te pedía con sollozos y lágrimas piadosas. (conf. 8, 30)

El éxtasis de Ostia.
Y mientras estamos hablando y suspirando por ella, llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu de nuestro corazón; y suspirando y dejando allí prisioneras las primicias de nuestro espíritu, tornamos al estrépito de nuestra boca (conf. 9, 24)

Últimas palabras de Mónica.
«Enterrad este cuerpo en cualquier parte, ni os preocupe más su cuidado; solamente os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor doquiera que os hallareis» (conf. 9, 27).