¿Para qué la riqueza?

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 26 de septiembre.

Las lecturas de hoy requieren explicaciones, pues no es fácil deducir una enseñanza libre de malentendidos. Quizá comenzamos con la segunda, la de Santiago, que lanza una serie de amenazas e invectivas contra los ricos. Uno queda desconcertado, pues en el Antiguo Testamento, uno de los signos de la bendición de Dios es la abundancia de bienes. Por ejemplo, en la historia de Job, el final feliz consiste en que Dios recompensa su fidelidad y paciencia con una riqueza más abundante que la que había perdido antes de ser so-metido a prueba. Y en el Nuevo Testamento, aunque hay varias advertencias acerca de los peligros que suponen las riquezas, se habla con aprobación de las mujeres ricas que acompañaban a Jesús y lo ayudaban con sus bienes (Lc 8,2-3); y Pablo agradece a los filipenses ricos que lo ayudaron financieramente en sus necesidades (Flp 4,14-18). ¿Son los ricos entonces buenos si ayudan a la evangelización y malos si no lo hacen?

La riqueza y los bienes materiales son útiles. Se necesitan bienes y dinero para todo. El trabajo pastoral y evangelizador no es posible sin dinero. La iglesia y sus ministros no se sostiene sin dinero. Si nos fijamos en la segunda mitad de la lectura vemos que la invectiva contra los ricos no es contra la riqueza en sí, sino contra el modo de adquirirla. El salario que ustedes han defraudado a los trabajadores que segaron sus campos estás clamando contra ustedes. Han vivido ustedes en este mundo entregados al lujo y al placer, engordando como reses para el día de la matanza. Han condenado a los inocentes y los han matado, porque no podían defenderse. Las nuevas riquezas mal habidas proceden hoy del narcotráfico y el comercio de armas, de la corrupción en la gestión pública y privada. Nuestro sistema económico no favorece la inversión creadora de empleo, lo que trae como consecuencia exceso de mano de obra no cualificada que devenga salarios muy por debajo del salario mínimo. La mayor parte de la población asalariada en Guatemala gana menos del salario mínimo, que no se resuelve subiendo salarios por decreto, sino por la inversión de capital. Sí, las riquezas creadas por la explotación laboral y el crimen claman al cielo. Exigen conversión de quien las posee, como hizo Zaqueo cuando Jesús visitó su casa. Pero es injusto pensar que todas las riquezas tienen origen espurio, delictivo o inmoral. Hay riquezas bien habidas y legítimas también.

Por lo demás, cabe preguntarse, ¿contra qué ricos lanza Santiago sus palabras? ¿Son miembros de la comunidad cristiana? ¿Ricos que se hicieron cristianos y no se convirtieron de corazón? Me inclino a pensar que Santiago recoge aquí, en forma de esas invectivas, una denuncia procedente del judaísmo, como también la enseñanza común de Jesús y del Nuevo Testamento de que el afán de riquezas puede llevar a cometer crímenes e injusticias. La enseñanza a lo largo de todo el Nuevo Testamento es que las riquezas y los bienes materiales, tan poderosos como son, nos pueden crear falsas seguridades y conducir a acumularlos a como dé lugar. Nuestra confianza debe estar puesta solo en Dios. Por eso Jesús ordena a quien lo quiera seguir que venda todo lo que tiene. Es la forma radical de manifestar que uno ha dejado de poner en las riquezas la seguridad de su vida.

En el pasaje evangélico tenemos otras enseñanzas diversas de Jesús. La primera se refiere a una queja que presenta el apóstol Juan a Jesús: Una persona, que no pertenece al grupo de Jesús, utiliza su nombre para expulsar demonios. Los apóstoles se lo prohibieron. Jesús da una respuesta sorprendente: No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor. El grupo de los discípulos no tiene la exclusiva sobre Jesús. Es decir, la Iglesia de Cristo no es la dueña de Cristo ni tiene patente sobre su nombre. Cristo es el Señor de la Iglesia, no al revés. Los cristianos y la Iglesia de Cristo deben mantenerse fiel a él. En la Iglesia católica seguimos a Cristo con seguridad, pero no debe molestarnos que fuera de la Iglesia haya también quienes invoquen su nombre, aunque quizá con lagunas y distorsiones.

La otra enseñanza en cierto modo es complementaria de la anterior. Quien les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa. Pienso que Jesús se refiere aquí a quienes apoyan a los apóstoles en su tarea misionera y evangelizadora por el aprecio que esas personas tienen a Jesús, aunque no sean sus seguidores. Jesús se refiere a los que desde fuera del grupo de discípulos apoyan, aunque sea con un vaso de agua, la tarea evangelizadora de los seguidores de Jesús.

La tercera enseñanza de Jesús se refiere a los que inducen a otros a dejar la fe, a pecar contra Dios. Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar. Esa es una sentencia de muerte donde las haya, decretada por Jesús. Podemos hacer daño a los más débiles en la fe de dos maneras: sembrando dudas sobre la fe y la confianza en Dios desde un supuesto conocimiento superior e iluminado y también induciendo al ingenuo e inocente a cometer pecados y a transgredir la ley de Dios para buscar así una supuesta libertad. Es la seducción de la serpiente a Adán y Eva. Por lo tanto, se trata de una obra diabólica. Por eso la condena tan severa de Jesús.

La cuarta enseñanza, parecida a esta, se refiere en cambio a la disciplina y gobierno que debemos adquirir sobre nosotros mismos para educarnos en la obediencia a la ley de Dios. Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. La enseñanza se repite con el pie y el ojo, pero es la misma. En primer lugar, quienes dicen que no es posible la condenación final, tienen aquí una palabra de Jesús acerca de la posibilidad real de acabar con la propia vida en el fracaso, la censura y condenación. Y porque esa posibilidad es real, por eso debemos poner todo el empeño de educarnos y formarnos en la obediencia a la voluntad moral de Dios, para vivir de acuerdo con los preceptos morales que nos dan vida y construyen nuestra persona para la salvación.

Mons. Mario Alberto Molina OAR