Los milagros de Jesús

El arzobispo agustino recoleto de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala), Mons. Mario Alberto Molina, reflexiona sobre la Palabra de Dios de este domingo 5 de septiembre.

Jesús devolvió el habla y el oído a un hombre tartamudo y sordo. Unas personas le presentan a Jesús al minusválido e interceden con Jesús a su favor. Piden que Jesús le imponga las manos, seguramente pensando que así recobrará el oído y el habla. Jesús se lo lleva aparte, pues las obras de Dios no son espectáculo, sino acto de salvación. Jesús realiza dos gestos: le mete un dedo en los oídos y le toca la lengua con su propia saliva; luego pronuncia una palabra: Effetá. El evangelista nos dice que la palabra significa ¡ábrete! El hombre recobró el oído y el habla. Jesús ordenó a los que le habían llevado al hombre que no dijeran nada ni divulgaran la noticia. Pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban.

El relato nos plantea preguntas. ¿Qué significan los milagros que Jesús hacía? ¿Por qué Jesús no quería que se difundiera la noticia de los milagros que hacía? ¿Por qué hoy ya no hacemos milagros tan frecuentemente como parece que los hacía Jesús?

Jesús explicó el significado de sus milagros. En cierta ocasión, los discípulos de Juan el Bautista le preguntaron de parte de Juan si era él, Jesús, el enviado esperado de Dios y que el mismo Juan había anunciado. La respuesta de Jesús indica que un significado importante de los milagros que él realiza era mostrar que él es el enviado de Dios; con Jesús se establece el Reino de Dios. Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia. ¡Y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo! (Mt 11,4-6). Los milagros que Jesus realizaba tenían la función de indicar que él era el enviado de Dios y de que con él había llegado la salvación. Sorprende ver que junto con los milagros aparece una acción que no nos parece milagrosa: a los pobres se les anuncia la buena noticia. Es importante esta observación.

El profeta Isaías claramente identifica los tiempos de salvación como los tiempos en que se realizarían milagros. Esto es lo que hemos escuchado en la primera lectura de hoy: He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarlos. Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un venado el cojo y la lengua del mudo cantará. Esos milagros son la manifestación visible de la salvación invisible. Porque también hay que tener claro que la salvación de Dios no consiste principalmente en curar las dolencias corporales. Jesús murió y resucitó para otra salvación más radical. Él vino para asumir sobre sí el pecado del mundo y habilitarnos para recibir el perdón de Dios; para eso murió en la cruz. Jesús vino para vencer la muerte con su resurrección y abrir para sí y para quienes creemos en él las puertas de la vida eterna.

Por eso mismo Jesús con frecuencia prohíbe que la noticia de sus milagros se difunda. Él no ha venido para hacer milagros, sino para morir y resucitar por nosotros. Si él fomentara la difusión de la noticia de sus milagros, la gente pensaría que para eso vino Jesús, para dar solución a los problemas y necesidades de este mundo. Pero él no vino para eso. Él vino para manifestar el amor de Dios con su muerte en la cruz y para dar a conocer la victoria sobre el pecado y la muerte por su muerte y resurrección. Eso sí hay que anunciarlo, ese sí es el contenido del evangelio. Por eso quizá Jesús añadió la frase: y a los pobres se les anuncia la buena noticia entre los signos de su misión. Ese sigue siendo el testimonio de la presencia del Reino: la evangelización. Y con eso respondemos también a la otra pregunta, ¿por qué los sacerdotes y obispos que anuncian el evangelio no tienen poder para confirmar con abundantes milagros la verdad del anuncio que predican? Porque entonces se haría de los milagros el objeto de la fe. Creemos en Jesús principalmente para que nos salve de la muerte y del pecado. Sin embargo, los milagros no están ausentes del todo. Ocasionalmente escuchamos testimonios comprobados de curaciones médicamente inexplicables y que quienes se beneficiaron de la curación atribuyen al poder de Dios.

Dice el evangelista que todos estaban asombrados y decían: ¡qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos. En ese qué bien lo hace todo resuena como un eco de lo que Dios dijo cuando terminó la creación: Vio entonces Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno (Gn 1,31). Cristo, en efecto, ha venido a poner cima y remate a la obra creadora de Dios. Cristo con su obra salvadora conduce a la humanidad y a toda la creación a la plenitud de vida en Dios. Dice san Pablo en otro pasaje: Dios, en efecto, tuvo a bien hacer habitar en él, en Cristo, la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra, trayendo la paz por medio de su sangre, derramada en la cruz (Col 1,19-20). Jesús ha venido a devolver la integridad a la creación. Ese es el mensaje que late tras el relato.

Por otra parte, el apóstol Santiago, en el pasaje de su carta que hemos escuchado hoy, proclama la igual dignidad de toda persona, al margen del modo como viste, de cuántos estudios tenga, de si es pobre o abunda en bienes de este mundo. Puesto que ustedes tienen fe en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no tengan favoritismos. Tener favoritismos significa tratar a algunas personas de modo preferencial en circunstancias en que todas deberían ser tratadas por igual. En un juicio, el acusado con conectes sale absuelto de enormes delitos mientras que el acusado que no tiene recursos es condenado a penas desproporcionadas al delito cometido. Nuestra sociedad no ofrece las mismas oportunidades de educación, salud, trabajo, prosperidad a todos por igual. En una sociedad sin favoritismos, todos sus habitantes deberían tener oportunidades iguales, aunque después los logros serán diferentes según el empeño, habilidad y perseverancia de cada uno. En nuestro trato personal con frecuencia “nos confundimos” cuando juzgamos a las personas por su aspecto exterior, sin conocerlas y tratarlas. Es el ejemplo que pone el apóstol Santiago.

Pongamos, pues, nuestra fe en Cristo y reconozcámoslo como nuestro salvador.

Mons. Mario Alberto Molina OAR
Obispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán (Guatemala)