El camino (y los cruces) de la vocación agustina recoleta

El joven Abraham, ahora en el noviciado agustino recoleto de Monteagudo (Navarra), ha recorrido un largo camino antes de tomar la decisión de entregar su vida a Dios.

«Yo no creía en Dios. Dudaba de su existencia». Así comienza el largo camino de Abraham, un joven mexicano como otro cualquiera. Dios era una palabra vacía para él, aunque, igual que San Agustín, tenía una inquietud escondida que él no sabía. A lo largo de su recorrido, conforme avanzaba su caminar, Dios se colocó varias veces delante.

La primera de estas veces fue cuando un amigo le invitó a aprender a tocar la guitarra. La invitación parecía normal aunque no lo era: se trataba del coro de su iglesia. «Al estar ahí descubrí un mundo diferente: los frailes, el Evangelio, la liturgia, el grupo juvenil…». Todo era diferente, hasta el punto de que «hubo una revolución» en su interior cuando le invitaron a preguntarse si Dios quería que fuera sacerdote. «¿Cómo alguien que no creía en Dios podía ser sacerdote?».

Comenzó a mantener un acompañamiento vocacional. Sin embargo, su camino se iba a cruzar con otro: el de su mejor amiga de la Preparatoria. Ella se enamoró de él y él siempre estuvo enamorado de ella. El camino entonces se abría en dos opciones y todo dependería de su decisión. Le preguntó al sacerdote que le acompañaba y la respuesta fue definitoria: «Tu vocación será aquella que te haga feliz». ¿Qué creía Abraham que le haría feliz? «Me dije a mí mismo: ella me hace feliz».

Empezó una relación de pareja y, como toda relación en su comienzo, sentía que vivía la historia de amor más auténtica, verdadera y preciosa que jamás hubiese imaginado. No obstante, la situación empezó a torcerse. Abraham se volvió celoso e inseguro de sí mismo. Surgieron los problemas y ella le pidió un tiempo para aclarar sus ideas, pues el novio ideal ya no lo era tanto. «Eso me dejó devastado». Al mismo tiempo, los religiosos agustinos recoletos dejaron la parroquia por la que acudía y el grupo joven se deshizo.

«Yo no quería saber nada de Dios», recuerda. Dejó finalmente su relación y el mundo se derrumbó. «Todo lo que había planeado se vino abajo». Así, buscó la felicidad en aquello en lo que aparentemente está, haciendo aquello que, según las redes sociales, conduce a la felicidad. Veía que la felicidad estaba en la fiesta, el alcohol, los amores esporádicos de una noche… «Pero un día toqué fondo». 

Ese día, Abraham rechazó la vida que llevaba. Fue entonces cuando decidió retomar aquello que había abandonado. Recuperó su acompañamiento vocacional y entró en el seminario. «El sentido de mi vida lo encontré en la sal y la luz». Dios le invitabaa a ser sal para autoafirmarse cada día y no perder el sabor, y a ser luz para los demás. 

Su vida sufrió vaivenes, idas y venidas, caminos inescrutables… Pero aunque el camino sea largo, la meta nunca se mueve, por más vueltas que se den para llegar a ella.