Una paz duradera

El papa Francisco, fiel a su compromiso, como todos los papas anteriores, el 1° de enero nos dejó su Mensaje sobre la Paz, que está dirigido a los gobernantes y a cuantos tienen responsabilidades políticas y sociales, a los pastores y a los animadores de las comunidades eclesiales, como también a los hombres de buena voluntad. Lo tituló así: Diálogo entre generaciones, educación y trabajo: instrumentos para construir una paz duradera.

Empieza recordando el cap. 52, vers. 7 de Is. que dice: “Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del mensajero que proclama la paz”. Estas palabras del profeta servían entonces para expresar el consuelo, el suspiro de alivio de un pueblo exiliado, agotado por la violencia y los abusos, expuesto a la indignidad y la muerte. Para este pueblo la llegada del mensajero de la paz significaba la esperanza de un renacimiento de los escombros de la historia, el comienzo de un futuro prometedor.

Todavía hoy, el camino de la paz, que san Pablo VI denominó con el nuevo nombre de desarrollo integral, permanece desafortunadamente alejado de la vida real de muchos hombres. Como en tiempo de los antiguos profetas, el clamor de los pobres y de la tierra sigue elevándose hoy, implorando justicia y paz.

El papa emite un pensamiento que es muy cierto, práctico y actual cuando dice: “En cada época, la paz es tanto un don de lo alto como el fruto de un compromiso compartido. Existe, en efecto, una “arquitectura” de la paz, en la que intervienen las distintas instituciones de la sociedad, y existe un “artesanado” de la paz que nos involucra a cada uno de nosotros personalmente. Todos pueden colaborar en la construcción de un mundo más pacífico: partiendo del propio corazón y de las relaciones en la familia, en la sociedad y con el medioambiente, hasta las relaciones entre los pueblos y entre los Estados”. Esto está también recogido en la canción que cantamos en el templo para darnos la paz: La paz, la paz es fruto de la justicia, un don de Dios que debemos aceptar.

A continuación el papa propone tres caminos para construir la paz.

 El primero es el Diálogo entre generaciones para construir la paz. Dialogar significa escucharse, confrontarse, ponerse de acuerdo y caminar juntos. Fomentar todo esto entre las generaciones significa labrar la dura y estéril tierra del conflicto y la exclusión para cultivar allí las semillas de una paz duradera y compartida. Por un lado, los jóvenes necesitan la experiencia existencial, sapiencial y espiritual de los mayores; por el otro, los mayores necesitan el apoyo, el afecto, la creatividad y el dinamismo de los jóvenes. Sin raíces, ¿cómo podrían los árboles crecer y dar fruto? ¡Qué bien nos viene al pelo esta idea ya que en nuestras comunidades religiosas tenemos generaciones de muy mayores, de otros maduros y de jóvenes profesos para que sepamos convivir y aprender los unos de los otros!

El segundo camino que el papa propone nos dice que “el presupuesto para la instrucción y la educación, consideradas como un gasto más que como una inversión, ha disminuido significativamente a nivel mundial en los últimos años. La instrucción y la educación son las bases de una sociedad cohesionada, civil, capaz de generar esperanza, riqueza y progreso. Los gastos militares, en cambio, han aumentado, superando el nivel registrado al final de la “guerra fría”, y parecen destinados a crecer de modo exorbitante. Por eso, es necesario promover la búsqueda de un proceso real de desarme internacional. Invertir en la educación y en la instrucción de las jóvenes generaciones es el camino principal que las conduce, por medio de una preparación específica, a ocupar de manera provechosa un lugar adecuado en el mundo del trabajo.

Ciertamente que la mejor inversión de la Orden está en la formación de los futuros religiosos. Por ello no hay que apurarse en que los formandos terminen pronto la filosofía y teología, sino que si además son necesarios otros estudios complementarios mientras se está en el seminario o convento esos son los mejores años para adquirir esa sólida preparación que luego les defienda de cualquier ventolera pseudo-intelectual.

Promover y asegurar el trabajo construye la paz

El trabajo es un factor indispensable para construir y mantener la paz; es expresión de uno mismo y de los propios dones, pero también es compromiso, esfuerzo, colaboración con otros, porque se trabaja siempre con o por alguien. La situación del mundo del trabajo, que ya estaba afrontando múltiples desafíos, se ha visto agravada por la pandemia de Covid-19. A eso se agrega que actualmente sólo un tercio de la población mundial en edad laboral goza de un sistema de seguridad social, o puede beneficiarse de él sólo de manera restringida. La respuesta a esta situación sólo puede venir a través de una mayor oferta de las oportunidades de trabajo digno. Las empresas, cuanto más conscientes son de su función social, más se convierten en lugares en los que se ejercita la dignidad humana, participando así a su vez en la construcción de la paz.

Aplicado a nuestra vida, en nuestras comunidades hay todo el trabajo que uno se quiera tomar tanto en las parroquias como en los colegios, a pesar de la Covid-19. Por eso ni debemos caer en un estrés o agitación que me sobrepase ni tampoco en el conformismo, el ocio o la falta de entrega, desprendimiento y generosidad.

El papa termina su mensaje invitándonos a todos a convertirnos en artesanos de paz, sin hacer ruido, con humildad y perseverancia. Para ello practiquemos en nuestras comunidades los tres motores de la paz: el diálogo, la instrucción y la educación, y el trabajo.

Ángel Herrán OAR