Mensaje del 56º Capítulo general de la Orden

Los Agustinos Recoletos, llegados de países y lugares diferentes, de comunidades y ministerios distintos, nos hemos reunido en el 56º capítulo general para agradecer lo vivido, examinar nuestro presente y discernir qué queremos vivir con pasión y esperanza en el futuro.

Caminamos juntos en oración

Cada día, al amanecer y al atardecer, nos hemos encontrado en el lugar de oración para rezar juntos a Jesús, que siempre viene a nosotros para que tengamos vida, y vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Hemos puesto nuestro corazón en Él para que lo transforme con su Espíritu, de tal modo que lo amemos a Él con todo nuestro ser y así tener vida (cf. Dt 30, 6).

Caminamos juntos como los discípulos de Emaús

Al escuchar el relato de la vida de la Orden, nos llena de alegría contemplar lo que Dios ha obrado a lo largo de estos últimos años; desde que, impulsados por el Espíritu de Pentecostés, decidimos recorrer un camino de reestructuración y revitalización. No tuvimos temor de asumir desafíos que nos superaban, que nos comprometían en una mejor identidad como agustinos recoletos, que nos exigían más tiempo para orar juntos, que nos invitaban a la formación permanente y a la conversión, que nos reclamaban un amor y servicio mucho más entregado, generoso y desprendido. Asumimos con decisión el desafío de unirnos en el camino para tener una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios (cf. San Agustín, Regla 1,2).

Hubiéramos querido caminar con mayor agilidad y constancia, pero los rápidos tuvieron que esperar a los que iban lentos, los constantes no podían abandonar a los que se detenían, los animosos no podían desentenderse de los que daban marcha atrás. Lo que fue un propósito entusiasmante corría el riesgo de convertirse en una frustración. Entonces Jesús, que camina a nuestro lado, se acomodó a nuestro paso, y nos hizo ver que “quienes aman caminan, pues hacia Dios no corremos con pasos, sino con el afecto” (San Agustín, Sermón 306 B, 1; cf. Sermón 250,3; 76,6; 101,9). Nos ayudó a entender que quien recorre el camino, que es Él, es el que tiene un corazón de padre y “se desvela por amar y cuidar a los hijos e hijas que le han sido confiados, especialmente a los más frágiles, a los que sufren, a los que no han tenido experiencia del amor paterno; y los lleva a no descansar hasta que estos hermanos y hermanas nuestros estén en el encuentro con el Señor, y así todos puedan tener una vida abundante” (cf. Audiencia del Papa Francisco).

En estas semanas, juntos hemos celebrado la Eucaristía cada día, deseosos de vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: darnos cuenta de la presencia de Jesús al partir el pan (cf. Lc 24, 31), que sostiene nuestra fe, afianza nuestra esperanza y nos da vida eterna (cf. Jn 6, 40).

Caminamos juntos con toda la Orden y con la Iglesia

Hemos querido ser continuadores del mismo impulso y compromiso que tuvieron los agustinos recoletos hace cuatrocientos años, cuando celebraron el primer capítulo general en 1621. Ellos también vivieron tiempos difíciles; sin embargo tuvieron la osadía de embarcarse en una nueva aventura y, como Iglesia en salida, se adentraron en la “misión con confianza, con valentía, con creatividad” (Audiencia del Papa Francisco). En los barcos que surcaban el mar hasta llegar a Filipinas, en las frágiles canoas que salían por los ríos hasta llegar a los más alejados en Brasil, en las caballerías que cruzaban zonas de desierto y los llanos en Colombia, en medio de guerras, peligros y persecuciones en China y en Japón, en las nuevas fundaciones de Centroamérica, Suramérica y Cuba, todos se decían: “Él está con nosotros, camina a nuestro lado y nos ayuda a tomar decisiones” (Audiencia del Papa Francisco).

En toda nuestra historia hemos formado parte de la Iglesia, hemos sido y somos Iglesia; con ella sufrimos las crisis de la fe, con ella nos entristecemos por el pecado que ha sido causa de sufrimiento para los más débiles, los menores y los vulnerables. Con la Iglesia también se ha llenado de gozo nuestro corazón al tener hermanos que aman y disfrutan sirviendo. “Se encuentra uno a veces con hombres justos y se alegra con ellos; y es necesario que se alegre, porque no puede haber verdadera caridad sin alegría” (San Agustín, Comentario al salmo 76, 6).  En nuestras comunidades, en la Orden, en la misma Iglesia, y ante la sociedad y el mundo heridos, de nuevo queremos edificar, reconstruir, “mejorar y caminar juntos hacia la comunidad que sabe vivir el perdón y el amor” (Vida fraterna en comunidad 26).

Viviendo en comunidad queremos dejarnos cuidar siendo acompañados y cuidar unos de otros; especialmente ser solícitos en la atención a nuestros ancianos y enfermos y recibir de ellos la sabiduría de su experiencia y con ellos tener los mejores sueños (cf. Joel 3, 1). Juntos queremos también cuidar de la creación, obra de Dios. Nos duele y desconcierta el daño que sufre en los últimos años y nos unimos al compromiso de la ecología, para seguir admirando y contemplando la belleza de nuestro mundo y del universo. Cuidaremos las cosas porque ellas, siendo hermosas, nos descubren la hermosura de nuestro Dios (cf. Conf. 11,4).

Caminamos juntos como familia agustino-recoleta

Sabemos que aquellos que nos quieren cerrar el paso no son los que nos echan en cara nuestras debilidades, los que rechazan nuestra fe y la persiguen, sino los que desde su desaliento, nos tientan a desalentarnos, los que quieren convencernos de que no vale la pena salir, arriesgarse con caminos nuevos, los que pretenden que dejemos de lado lo que Dios nos pide y a lo que Jesús cada día nos convoca.

Siempre hemos sido testigos de los que caminaban a nuestro lado, y de los muchos que se nos iban uniendo en el camino. Nos hemos podido sentir seguros, convencidos de que éramos nosotros quienes les sosteníamos, quienes les evangelizábamos, quienes garantizábamos la bondad de su trato con Dios en la vida contemplativa con nuestra guía y ciencia. Pero todos caminamos juntos, ellos y nosotros, monjas, religiosas, fraternidades seglares, jóvenes JAR, hombres y mujeres, que a nuestro lado se han entusiasmado con el camino de san Agustín, con el ardor de la Recolección de ir más allá y más alto por la causa del evangelio. No podemos menos que destacar el gran número y la excelencia de mujeres que se han unido a la causa del evangelio y de la fraternidad junto a nosotros. Su protagonismo futuro, en la familia agustino-recoleta, nos llena de esperanza.  Por todo ello no podemos menos que dar gracias a Dios.

No importa tanto si los agustinos recoletos con el paso de los años somos menos. Importa que con los laicos nos contagiemos de la espiritualidad agustiniana, del amor al carisma que nos pide vivir unánimes, como pedía san Agustín, y aspirar a la entrega a Dios y a los hermanos sin condiciones, como querían los iniciadores de la Recolección. Mientras haya contagiados que contagian en la Iglesia, sean religiosos o laicos agustinos recoletos, nuestro carisma, que confesamos que es una riqueza, no se perderá (cf. Audiencia del Papa Francisco). Los de fuera con su hostilidad y los de dentro con sus profecías de calamidades callarán “si hallan cristianos defensores de los débiles, valientes para proclamar su fe, libres para confesarla, prudentes al enseñarla y caritativos instruyendo a los demás, ellos callarán, creedme, pues no tienen qué decir” (San Agustín, Sermón 306 B, 7).

En el camino de la sinodalidad, compartiendo con los laicos -con quienes caminamos juntos- nuestra espiritualidad y carisma, el magisterio de san Agustín, el impulso renovador de la Recolección, permaneceremos en la Iglesia y en el mundo. Nuestra experiencia en la Iglesia será la del que vive la fraternidad, en comunión de corazón y de alma, la del que se preocupa del hermano que corre el riesgo de extraviarse para animarle a volver y la del que, con humildad, acude a las hermanas contemplativas y a las fraternidades seglares para dejarse interpelar y corregir. Estaremos entonces viviendo una historia común de crecimiento, de formación permanente, de acompañamiento mutuo. Queremos tener a nuestro lado en el camino la fuerza del Espíritu que nos empuje y anime a avanzar, nos dé valentía para enfrentarnos a nuestros miedos y confianza en nuestra fortaleza para superar nuestras debilidades.

Caminamos juntos atentos a la humanidad

En este capítulo general hemos sentido la necesidad de que la Orden, y cada uno de los frailes, abramos nuestros oídos y nuestros ojos para escuchar y ver lo que está sucediendo más allá de nuestro camino: los gritos de los pobres, de los desvalidos, de las víctimas de la pandemia que nos ha golpeado, de los menores y vulnerables maltratados, de los muertos, heridos y desplazados por las guerras, de las minorías olvidadas cuyos gritos no nos llegan. Son ya millones las personas víctimas de la violencia de los ambiciosos, pisoteadas por los que han llegado al poder para imponer sus intereses y sus ideologías. Ver y escuchar nos lleva al compromiso de estar y seguir a su lado. Estos tiempos inciertos y oscuros que atraviesa el mundo cada día nos dicen que la voluntad de Dios, Padre de todos, es que caminemos juntos, porque solo apoyados unos en otros podremos ayudar al mundo a encontrarse con la Paz.

Caminamos y caminaremos juntos

Al finalizar nuestro 56º capítulo general agradecemos su dedicación a los que se han entregado al servicio de toda la Orden durante el sexenio que termina y a todos los que durante la celebración del capítulo han colaborado en su desarrollo; los que han enviado sus mensajes y han orado por el capítulo; los que han mantenido los ministerios y responsabilidades en las comunidades mientras se celebraba.

También deseamos que este mensaje capitular, que enviamos a toda la familia agustino-recoleta, sirva “para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31).

María, que se reunía con los apóstoles y con otras mujeres para orar (cf. Hch 1,14), que estaba con todos los creyentes el día de Pentecostés para recibir al Espíritu Santo, que es invocada por nosotros con el título de Madre de la Consolación, ruegue a Dios Padre y a su Hijo por toda la familia agustino-recoleta.