Respuesta a una llamada

Respuesta a una llamada

En un momento de nuestra vida, como es ahora, se nos presenta cómo somos capaces de sentir y expresar una verdadera fe a Dios, cómo tener corazón verdadero en la fidelidad que sea capaz de amar verdaderamente a Dios y a todos. Por supuesto, necesitamos expresar y vivir una vida interior que se plantee día a día para valorar que todos hemos hecho una promesa al Señor de ser personas que creen, que
aman y que se exponen a ser unos cristianos de verdad y no de puro cumplimiento.

Recordemos dos hechos: por un lado, ¡qué fácil es instalarse en una forma de vivir que casi, sin darnos cuenta, ahoga toda inquietud cristiana que brota de todo corazón humano! ¿Tenemos sitio en el corazón para Dios? San Agustín, desde su experiencia, nos dice: «no busques la felicidad en la región de la muerte. No está allí. No puede haber felicidad donde ni siquiera hay vida verdadera».

Por otro lado, Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza para hacerlo partícipe de la vida divina. Por el bautismo nos configuramos con Cristo y, con la fe, se nos plantea una dedicación total para Dios. Así entramos en nuestro propio misterio, llegamos al corazón de la vida, a ese núcleo donde cada uno somos nosotros mismos ante Dios: “Crecer hacia dentro es descubrir la riqueza cristiana”.

Cada uno de nosotros, como creyentes unidos a Dios, hacemos un itinerario en la vida. Nosotros seremos humanos, buscamos y anhelamos. Pero “creer” es un regalo de Dios, una manera de vivir que nace y se alimenta de su gracia. Desde el primer momento. Dios está en el fondo de nuestro ser, atrayéndonos hacia su propio misterio. Es la presencia amorosa de Dios que origina y sostiene nuestro caminar hacia Él.

Es preciso ver algunas ideas sobre la cercanía de la fe, de la gratuidad de la amistad y sus beneficios, de relación cercanía, no solamente en el ambiente en que vivimos, creando una cultura de gratuidad, de relación sincera y de amistad. En nuestra sociedad y, más en nuestro ambiente, urge crear la gracia de Dios, intentando desde los cristianos respirar paz y ambiente de fe. La verdadera amistad es aquella en la que los cristianos y amigos ayudan a vivir su propia identidad en el estado de la vida y carisma cristiana, donde la fe, el respeto, el cariño y la aceptación de los otros, desde lo que ellos piensan, creen y viven. De ahí nace el verdadero amor y caminar en libertad que anuncian la verdad y la fe, asumiendo libremente la verdad, el amor y la paz.

El Reclamo de la amistad de vida cristiana es una verdad revelada de una persona que respondía al nombre de Jesús de Nazaret. Él nos muestra que la única verdad radical es que nuestras vidas cristianas tengan sentido en la medida en que son donación gratuita por amor: “un compromiso a la entrega total a Dios, a la imitación y al seguimiento más radical a Cristo”. Esta es nuestra vida personal para que incida luego en el ámbito común. Desde luego que hace falta mucha sinceridad en uno mismo para mantenerse en la fidelidad; de otra manera, torpedeamos todos lo bueno que surge o se planifique.

Preguntémonos cada uno cuál es el nivel de ilusión y del compromiso de la comunión de vida y deduciremos desde ahí la superficialidad de nuestras respuestas cuando no en el aire de mirada ajena a los temas en comunión. ¿Alguna vez ha sido posible en nosotros encontrar una realidad entrañable donde se respire un verdadero ambiente de amor mutuo? Quien no es capaz de “ascender en el corazón” no
entenderá nunca ni gozará lo que es la vivencia del misterio. Nuestra actitud con Dios debe ser más acogida que búsqueda: recibimos la constante invitación de la gracia que nos llama a encontrar a Dios en la fe. Desde la fe tenemos que tener en cuenta a responder a Dios y ser guiados por el Espíritu.

Nuestra vida es aceptar y vivir nuestra relación con Dios que es Padre y nos ama infinitamente. Decía san Agustín: “no andes averiguando cuánto tienes sino qué tal eres”. Sólo con la ayuda de Dios cada uno debe exigir en su ser el motivo fundamental de su llamada para ser ejemplo de Cristo: ¡Es hermoso recordar una manifestación personal desde Dios!

Imanol Larrinaga OAR