Una palabra amiga

Los lenguajes del corazón

Uno de los retos al que nos enfrentamos cuando viajamos a otros países y conocemos otras culturas es tratar de comunicarnos. La significativa mejora de los sistemas de traducción y los avances en el aprendizaje de idiomas (especialmente entre los más jóvenes) nos permite reducir algunos muros. No obstante, aun hablando el mismo idioma o tratando de comunicarnos en lenguas con raíces comunes, a veces sigue habiendo dificultades. 

Echando la vista atrás, seguramente muchos habremos metido la pata con los denominados ‘falsos amigos’, o intentando decir algo que, al final, terminó siendo lo contrario. Pensemos, por ejemplo, en las típicas confusiones entre el significado de ‘burro’ en español (animal) y el ‘burro’ en italiano, que significa ‘mantequilla’, o el sentido de ‘exquisito’ en español y ‘esquisito’ en portugués, que viene a ser todo lo contrario. Otro clásico es tratar de traducir el ‘constipado’ en español diciendo en inglés ‘constipated’, que significa estar ‘estreñido’. O, incluso, hablando español entre personas de diversas áreas geográficas, surgen múltiples palabras que significan cosas distintas y dan lugar a divertidas y, a veces, comprometedoras situaciones.

Anécdotas lingüísticas aparte, es importante considerar que la comunicación no es sólo cosa de palabras. Fijémonos en las verdaderas conversaciones que somos capaces de mantener con bebés, con mascotas o, por medio de gestos, con otras personas, sin que intervenga un lenguaje establecido. Y es que la comunicación, antes de nada, es todo un arte en el que, a veces, no son necesarias las palabras.

En un viaje a Filipinas me invitaron a conocer unas comunidades rurales que se encontraban en zonas de difícil acceso. El recibimiento, como siempre, fue espectacular. Llevaba allí diez minutos y ya me sentía en familia, aunque sólo pudiera comunicarme en inglés con algunas personas (la mayoría hablaba en tagalo). Pasado un rato, dos niñas que estaban al otro lado de la mesa en que nos sentábamos, me miraban como si fuera un extraterrestre. Tras un intercambio de muecas y algún que otro amague de baile, nos acercamos y, sin mediar palabra, comenzamos a jugar. Las horas de vuelo de campamentos que uno lleva a la espalda suelen venir muy bien para estas situaciones. En un momento dado, me di cuenta que la niña más pequeña le hacía señas a la mayor de vez en cuando. No le di importancia hasta que, cuando ya nos íbamos a ir, la mamá de la niña mayor se acercó y me dio las gracias. Extrañado le pregunté por qué ese agradecimiento, y la mujer me dijo que su hija (la niña mayor) era sordomuda y hacía tiempo que no la veía disfrutar tanto. Y todo ello, sin mediar una palabra.

El Mensaje del Papa Francisco para la 56º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales es una invitación a escuchar con los oídos del corazón y practicar los lenguajes del corazón, que no sólo tienen que ver con las palabras, ni se manifiestan de una sola manera.

El lenguaje del corazón por antonomasia es el amor, y el amor está más en las obras que en las palabras: el amor es concreto, el amor se da, el amor escucha, el amor dialoga (Cf. Encuentro del Papa Francisco con jóvenes de Turín, 21 de junio de 2015). «Un auténtico diálogo requiere también capacidad de empatía. Se trata de escuchar no sólo las palabras que pronuncia el otro, sino también la comunicación no verbal de sus experiencias, de sus esperanzas, de sus aspiraciones, de sus dificultades y de lo que realmente le importa. Esta empatía debe ser fruto de nuestro discernimiento espiritual y de nuestra experiencia personal, que nos hacen ver a los otros como hermanos y hermanas, y “escuchar”, en sus palabras y sus obras, y más allá de ellas, lo que sus corazones quieren decir.» (Cf. Encuentro del Papa Francisco con obispos de Corea, 17 de agosto de 2014).

El lenguaje del corazón también se manifiesta en el perdón, constituido en una verdadera dinámica de comunicación que, mediante el arrepentimiento, es capaz de volver a crear y generar vida.

Y, en tercer lugar, el lenguaje del corazón está íntimamente ligado al lenguaje de la mente y al de las manos: de la abundancia del corazón habla la boca (Lc 6,45) y nuestras obras, nuestro modo de tratar a los demás, nuestra manera de enfrentarnos a la vida, a las alegrías y las penas, a los retos, parten de esa unión indisoluble entre mente y corazón. San Agustín habla en sus sermones de la caridad de la ciencia de Cristo (Sermón 53, 15) y explica que los sabios de la Iglesia son como joyas que adornan a la Iglesia, pero no les debe faltar la caridad. Si les falta la caridad, la ciencia no les sirve de nada (Sermón 37, 3.). De ahí que la espiritualidad agustiniana tenga como referente la ciencia y la caridad y la pedagogía basada en san Agustín se proponga educar la mente y el corazón.

Hablar idiomas hoy es una de las competencias profesionales y académicas más preciadas. Cuantos más idiomas seamos capaces de hablar más puertas se nos abrirán y más podremos aportar en nuestra misión. No obstante, los idiomas no son los únicos medios de comunicación, diálogo y conexión con las personas. También es fundamental hablar de corazón a corazón, y en eso los idiomas no son suficiente: es necesario dominar los lenguajes del corazón. Para ello, en palabras de D. Bonhoeffer «debemos escuchar con los oídos de Dios, y así poder hablar con la palabra de Dios», que es la única capaz de tocar los corazones.

Antonio Carrón OAR

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