Forma de vivir: las normas de la Recolección

Tras la decisión en 1588 de abrir nuevos conventos agustinos con un espíritu de mayor perfección, Fray Luis de León redactó el documento que regía la vida de los primeros recoletos.

Un numeroso grupo de religiosos agustinos, animados por la reforma del Concilio de Trento, llevaba ya varias décadas con un anhelo de mayor perfección en su vocación. El 5 de diciembre de 1588, el capítulo provincial de Castilla, reunido en Toledo bajo la presidencia del prior general de la orden, escuchó este deseo y mandó erigir en la provincia «tres o más monasterios de varones y otros tantos de mujeres en los que se practicase un género de vida más austera, la que, tras madura reflexión, reglamentase nuestro padre provincial con su definitorio».

El Consejo provincial cumplió la orden del Capítulo y, en septiembre de 1589, ya aprobó el documento normativo para los nuevos conventos. Fue titulado Forma de vivir y era obra exclusiva de fray Luis de León, quien tradujo el deseo de mayor perfección del que hablaba el capítulo en una intensificación de la vida contemplativa y comunitaria y en una acentuación de sus rasgos ascéticos.

Deseo de perfección

La Forma de Vivir consta de 14 capítulos, que fueron aprobados por la provincia de Castilla el 17 de septiembre de 1589. Posteriormente, en 1597, fue aprobada por el Papa Clemente VIII. Aunque el texto de la Forma de Vivir estuvo vigente durante cuarenta años (fue sustituido en 1637 por unas constituciones más amplias), su espíritu, más allá de la letra del texto, recoge y refleja el deseo de “perfección monástica” que perpetuaría a lo largo de los siglos a la familia religiosa de los recoletos. De este modo, dentro del texto de la Forma de Vivir, hay dos líneas transversales que le dan cohesión y sentido: la oración y la vida común.

La vida de los primeros recoletos estaba orientada a fomentar todo aquello que “encendiera más en el amor de Dios” al religioso y le hiciera recordar que su principal “meta y blanco” es amar a Dios. Se buscaba una mayor intimidad con Dios, de tal manera que las diversas actividades de cada día no fueran un obstáculo, sino un elemento que facilitara y fomentara el diálogo ininterrumpido del religioso con Dios.

Oración y recogimiento

Todo en la vida recoleta debe invitar a la recolección, al recogimiento interior. El recogimiento exterior se convierte en un elemento que facilita y favorece el recogimiento interior. En la Forma de Vivir no se rechaza el apostolado, pero se limita y determina, para evitar que, bajo pretexto de labor pastoral, el religioso busque excusas para salir, bien sea de su recogimiento interior, bien sea del recinto exterior del convento. Las dos horas de oración mental cotidianas no pretenden otra cosa sino señalar, por una parte, la importancia que debe tener la oración personal, y por otra la necesidad profunda que el religioso recoleto debe sentir de Dios, de tal manera que esas dos horas, se conviertan no en una pesada exigencia, sino en el mínimo necesario para cada religioso.

Vida comunitaria

Pero el ritmo exigente de oración, no convierte al recoleto en un ermitaño. La oración, siguiendo una autentica tradición agustiniana, abre al religioso al encuentro con Dios en el hermano dentro de la comunidad. La Forma de Vivir insistirá mucho en la vida de comunidad, reglamenta incluso los recreos, los momentos de encuentro entre los hermanos, el espacio para manifestar con sencillez y alegría el hecho de tener una sola alma y un solo corazón orientado hacia Dios, viviendo en la paz, pues “la paz de los religiosos entre sí, es muy cierta señal de que el Espíritu Santo vive en ellos”. Y para favorecer las relaciones interpersonales dentro de la comunidad, la Forma de Vivir limita el número de los religiosos dentro de ella a 20, siendo consciente de que “el amor se conserva mejor entre los pocos”. En la comunidad recoleta se prescinde de privilegios y diferencias entre los religiosos, se destierra el peculio y el trato de excepción. Todos dentro del convento son iguales. Nadie puede disponer de ninguna cosa propia, y la comida, el vestido y la celda son iguales para todos.

La vida ascética

Como un elemento que ayuda a vivir la oración y fortalece la vida de la comunidad se encuentra la ascesis. La Forma de Vivir está imbuida de normas y disposiciones ascéticas, desde los ayunos y mortificaciones, hasta las disciplinas, el silencio y el recogimiento. La Forma de Vivir, hija de su tiempo, pone gran interés en destacar estos elementos ascéticos, pero no pierde tampoco de vista su ordenamiento hacia la vida de oración y la comunidad, donde está el acento esencialmente agustiniano.

Es cierto, por otra parte, que en el siglo XVI se tenía una escasa información de la vida de san Agustín y de las comunidades agustinianas. Se pretendía presentar a san Agustín como un ascético ermitaño, y que por ende, la imitación externa de su tenor de vida tenía que ver con las prácticas propias de los ermitaños del momento, es decir con la austeridad, el silencio, la soledad, las prácticas ascéticas. Sin embargo, hay en la Forma de Vivir ideas de profunda raigambre agustiniana que no pueden pasar desapercibidas como la primacía de la caridad y la vida fraterna de la comunidad.