Oraciones agustinianas

Oración de la mañana | Oración de la tarde Oración de la noche Oración para iniciar el estudio | Bendición de los alimentos Oración ante la tribulación Oración en la enfermedad Oración por los enfermos Oración de sanación interior Oración para viajar Oración para interceder por otros Oración por los sacerdotes Oración por los religiosos Oración por las vocaciones Letanías de acción de gracias Oraciones de San Agustín

 

Oración de la mañana

Opción 1

Al comenzar un nuevo día, te alabamos, Señor, por tu infinita misericordia, porque un día más nos regalas la vida, el aire y el sol. Permítenos caminar hoy en tu presencia, líbranos de todos los males, y haz que seamos de provecho y ayuda para todos los que nos rodean. Con toda la creación, esta mañana te alabamos y te pedimos que tu amor no se aparte nunca de nosotros. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Opción 2

En el comienzo de esta nueva jornada, me pongo en tu presencia, Señor, y elevo mi corazón a ti. Quiero, Señor, escuchar tu palabra, y hacerla vida en mi propia vida. Dame, Señor, unos oídos de discípulo que acojan siempre tu palabra, y que la sepa guardar y meditar en mi corazón. Que confíe siempre en ti. Que me fíe de tu palabra. Que, aunque yo haya hecho todo lo humanamente posible, sepa que siempre tú tienes la última palabra, y esta palabra tuya es la que me conduce a la salvación. Que no busque razones para desconfiar, ni cuestione tus planes y tus caminos. Que, con todo mi corazón, sepa que para ti no hay nada imposible; que todo lo puedes hacer, pues no eres un Dios débil, sino omnipotente, pero que muestras siempre tu poder en tu amor y en tu misericordia. Ayúdame, Señor, a confiar en tu palabra, y a obedecerla con todo mi corazón. Que deje de lado mis razonamientos, para que confíe y me guíe por las razones de la fe y del corazón. Te lo pido a ti, Señor. Amén.

“Que te alaben tus obras para que te amemos, y te amamos para que te alaben tus obras” (conf. 13,48).

Oración de la tarde

Opción 1

Te damos gracias, Señor, por todo lo que nos ha permitido hacer en este día, por todas las personas que has puesto en nuestro camino, y por lo mucho que hoy entre el gozo y el dolor hemos aprendido en este día. Al caer la tarde, te damos gracias por todo lo que hemos vivido hoy, por las cosas agradables y las que no son tan agradables, pues tenemos plena confianza en que tú nos hablas y nos instruyes por medio de todos los acontecimientos de nuestra vida. Te damos por ello infinitas gracias, y ponemos en tus manos todo lo que en este día nos has permitido realizar. Te pedimos que aquello que tal vez no pudimos hacer bien, lo corrijas; que en aquello en que nos equivocamos, nos hagas recapacitar;  y que aquello que pudimos haber hecho mal nos lo perdones en tu infinita misericordia. Al caer la tarde, acepta nuestro agradecimiento y ofrenda. Amén.

Opción 2

Señor de las horas y de mis días, al llegar el final de esta jornada, me pongo de nuevo en tu presencia. Te doy gracias por el día que me has concedido vivir, y te pido que siempre me quede asombrado ante tus obras y las maravillas que realizas todos los días. Abre, Señor, los ojos de mi corazón para que pueda percibir cómo estás presente en todos los “milagros” cotidianos que rodean mi vida. Que me deje sorprender por todo lo que me regalas cada día, y que sintiendo tu grandeza y tu poder, me reconozca débil, limitado y pecador. Haz, Señor, que nunca me sienta santo ni perfecto; que recuerde siempre que soy limitado, débil y pecador; y que te dé gracias, porque a pesar de mis pecados y de mis miserias, tú me amas y me llamas para que te siga siempre. Dame, Señor, fuerza para seguirte por todos los caminos de mi vida. Que comprenda la misión que me has asignado, y que sepa realizarla con fidelidad. Te lo pido a ti, Señor del tiempo y de la historia, que vives para siempre, inmortal y glorioso. Amén.

“¿Quiénes son tus hijos? Las obras que tú haces. ¿Quiénes son los hijos de tus hijos? Los frutos de tus obras. Das limosna: estos son tus hijos. Por la limosna consigues la vida eterna: estos son los hijos de tus hijos” (en. Ps. 127,16).

Oración de la noche

Señor, antes de disponerme al descanso nocturno, me pongo en tus manos de Padre. Te agradezco todo lo que he vivido en este día, y te pido que veles mi sueño; que me hagas descansar en tu paz, para que, después de un sueño restaurador, mañana pueda continuar en tu servicio. Que tus santos ángeles custodien mi sueño y me hagan reposar solo en ti. Amén.

“Allí descansaremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al fin, mas sin fin. Pues ¿qué otro puede ser nuestro fin sino llegar al reino que no tiene fin?” (ciu. 22,30,5).

Oración para iniciar el estudio o el trabajo

Señor, tú eres la Verdad y el Maestro interior. Ahora que me dispongo a comenzar mi tiempo de estudio, te pido que ilumines mi mente y mi entendimiento, para que pueda comprender y aprender las ciencias humanas. Dame paciencia frente a las cuestiones difíciles, constancia y método en mi actividad, y, ante todo, dame amor a la Verdad y a la Sabiduría. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

“En estos Libros, a cuyo estudio se dedican, podrán leer que el Señor da la sabiduría, y que de su rostro procede la ciencia y el entendimiento, de quien también recibieron ese mismo deseo de saber, si es que está acompañado de piedad” (doctr. chr. 3, 37,56).

Bendición de los alimentos

Opción 1

Señor, tú eres el pan vivo y verdadero. Te pedimos que nos bendigas y que bendigas los alimentos que recibimos de tu bondad. Haz que nos ayuden a mantenernos firmes en tu servicio y en el de nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Opción 2

Señor, tú que alegras nuestra vida con tus dones y beneficios, te pedimos que nos bendigas y que bendigas el alimento que compartimos, para que, restauradas nuestras fuerzas, podamos alabarte por todos tus beneficios, y gozar siempre de tu paz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Opción 3

Señor, Creador de todas las cosas, bendice estos alimentos que tu generosidad nos otorga en este día. Haz que seamos generosos en tu servicio y agradecidos por todos tus beneficios. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

“Creer en Él es lo mismo que comer el pan vivo. El que cree, come. Se nutre invisiblemente el mismo que invisiblemente renace” (Io. eu. tr. 26,1).

Oración ante la tribulación

Señor, sé que, en toda circunstancia y en todo momento, mi vida está entre tus manos. En este momento de dificultad y de sobresalto, me pongo especialmente en tus manos, con la confianza de que tú no me abandonarás, sino que después de la prueba y el sufrimiento, me devolverás la vida, la alegría y la paz. Dame fortaleza ante la tribulación, paciencia en el dolor y fe para que nunca dude de que, a pesar de todo, estás a mi lado. Amén.

“La tribulación es para ti un horno de artífice, con tal que seas oro y no paja, para que seas purificado de la escoria, no reducido a cenizas” (en. Ps. 30,2,3).

Oración en la enfermedad

Señor, tú nos envías las cosas buenas, y permites las cosas malas y el dolor, para sacar siempre de ellas un fruto bueno. Te pido ahora, en medio de mi enfermedad y mi dolor, que me des la fortaleza para afrontar este momento difícil. Tú siempre te compadecías de los enfermos y de los que sufrían, y con paciencia y amor los curabas de sus males. Te pido, Señor, que vuelvas hacia mí tus ojos de misericordia y de amor, y sanes mi cuerpo y mi corazón, para que te alabe nuevamente con salud y alegría, con mi vida y mis labios. Haz, Señor, que mirándote a ti en la cruz no me desaliente ante el dolor y la enfermedad, sino que sepa que tú estás aquí conmigo, en este lecho de dolor, sufriendo conmigo y dándome la fuerza para hacer que mi sufrimiento se convierta en ofrenda agradable a tus ojos, y salvación para muchas almas.

“Si no queremos nosotros lo que quiere Dios, culpa nuestra será; no hemos de pensar que Él hace o permite cosa alguna contra razón” (ep. 38, 1).

Oración por los enfermos

Señor Jesús, tú siempre tuviste misericordia de los enfermos que te presentaban y, mostrando tu amor infinito, les devolvías la salud. Te pedimos por todos nuestros hermanos enfermos, por todos aquellos que comparten con sus sufrimientos y dolores tu propia cruz. Te pedimos, Señor, que tiendas hacia ellos tu mano poderosa y misericordiosa, para que les devuelvas la salud de su cuerpo, de su mente, de su espíritu; que, por la salvación de las almas, aceptes la ofrenda de su sufrimiento; y que les restablezcas la salud, para que, juntamente con sus hermanos, puedas de nuevo alabarte en la asamblea del pueblo santo. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

“Nadie puede cruzar el mar de este siglo si no lo lleva la cruz de Cristo. Muchos, aun enfermos de los ojos, se abrazan a la cruz. Quien no ve la meta adonde va, no deja la cruz; ella lo llevará” (Io. eu. tr. 2,2).

Oración de sanación interior

Hoy, Señor, quiero presentarte todas mis enfermedades: las de mi cuerpo y las de mi alma. Sánalas, tú que eres el Médico divino de los cuerpos y de las almas. Te pido hoy, sobre todo, que cures por tu compasión mi corazón que está enfermo por mis pecados, por mis rebeldías, por mi falta de obediencia. Sáname con tu palabra y con tu sacramento. Haz que pueda verme libre de todo aquello que impide tu acción en mí. Que en este día pueda caminar sintiéndome libre de mis males espirituales, sanado y renovado por tu amor. Haz, Señor, que vea y considere siempre tu gran misericordia; que no desconfíe de ella, sino que sepa que ella es la que me allana el camino siempre, y que es tu misericordia la que me llama a la conversión y a un encuentro más profundo contigo. Amén.

“He aquí que no oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo estoy enfermo. Tú eres misericordioso, y yo miserable” (conf. 10,39).

Oración para viajar

Señor, ahora que me dispongo a realizar este viaje, te pido que me acompañes y me cuides; que tus santos ángeles me custodien en mis caminos, para que mi pie espiritual no tropiece en ninguna piedra, ni haya nada que le pueda hacer daño a mi cuerpo o a mi espíritu. Aleja de mí las insidias del enemigo, y haz que pueda dar testimonio de ti a todos aquellos con quienes me encuentre. Que por todas partes deje huella de tu amor, y sea un vivo reflejo de ti, que habitas en mi corazón. Te lo pido a ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

“Caminemos hallándonos en el camino (…). ¿Adónde vamos? A la Verdad. ¿Por dónde vamos? Por la fe. ¿Adónde vamos? A Cristo. ¿Por dónde vamos? Por Cristo” (en. Ps. 123, 2).

Oración para interceder por otros

Señor, hoy quiero presentarte mi oración por (NOMBRE). Haz, Señor, que te descubra presente en su vida; abre los ojos de su corazón, para que pueda percibir tu luz; que se aleje de las tinieblas del error y de las falsas verdades; que descubra en ti la fuente de la vida y de la felicidad. Líbralo de los caminos que conducen a la perdición, y haz que, deslumbrado por tu resplandor, se deje amar por ti; que transforme su corazón, y redescubra el verdadero gozo de la vida en ti. Te lo pido a ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

“No seáis sabios para vosotros solos. Recibid el Espíritu: En ti debe haber una fuente, nunca un depósito de donde se pueda dar algo, no donde se acumule” (s. 101, 6).

Oración por los sacerdotes

Señor, hoy te queremos pedir por los sacerdotes, por los ministros de tu altar. Haz que sean santos, como es santo lo que distribuyen y predican. Haz que amen su vocación y que cada día se transformen más a imagen de tu Hijo. Dales palabras de sabiduría, un corazón misericordioso de padre y pastor. Dales manos operantes y fraternas, generosidad en tu servicio, y gran alegría en su entrega. Bendice, Señor, sus trabajos, y sé tú siempre su consuelo y recompensa. Que, en medio de las tribulaciones, no pierdan la esperanza; que, frente a la incomprensión y la soledad, te busquen a ti en la oración; que, en los momentos de tentación y de prueba, recurran a tu Madre, amparo de los sacerdotes. Que sean santos, ardientes lámparas que arden con generosidad y alegría en tu presencia. Amén.

“Yo soy pastor para vosotros, pero soy oveja con vosotros bajo aquel Pastor” (en. Ps. 126, 3).

Oración por los religiosos

Te pedimos, Señor, por los religiosos y religiosas del mundo. Haz que sean un vivo testimonio de tu amor para los hombres. Concédeles paz en su corazón y en sus comunidades, alegría en su trabajo y en sus vidas, coherencia en sus palabras y en sus obras. Que sean un testimonio ardiente de oración y piedad, un signo vivo de tu amor hacia los hombres. Que no se busquen a sí mismos, sino que en todo momento imiten a tu Hijo Jesucristo, que no vino para ser servido sino para servir y entregar su vida. Que generosamente se desgasten por amor en el servicio de los más pobres y necesitados; y que lo hagan siempre con una sonrisa en los labios y una oración en el corazón, sabiendo que su recompensa será grande en los cielos. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

“Él es la fuente, nosotros los recipientes; Él es el día, nosotros las lámparas. Grande es la debilidad de los hombres. Sirviéndose de la lámpara, buscan el día” (s. 289,5).

Oración por las vocaciones agustinas recoletas

Señor, Dios nuestro, haz que el clamor de tu voz llegue a muchos; que se levanten y que vivan unidos en ti. Prepara sus corazones con tu Palabra, de modo que se dispongan a evangelizar a los pobres, y a cuidar de tu mies abundante. Señor, que todos los llamados a la vida agustina recoleta escuchen tu voz y puedan cumplir tu voluntad. Amén.

“Si amas a Cristo, síguelo” (Io. eu. tr. 34, 9).

Letanías de acción de gracias

Gracias, Señor:
Porque todos los días tu palabra me renueva.
Porque nos llenas del vino de tu gracia que nos da nuevas fuerzas.
Porque nos invitas a la fiesta eterna en tu reino celestial.
Porque nos amas a pesar de mis pecados.
Porque nos invitas siempre a escuchar y acoger tu palabra.
Porque nos llamas a que te sigamos y seamos tus discípulos.
Porque nos alimentas todos los días con tu palabra.
Porque nos invitas a ser misericordiosos, como tú eres misericordioso.
Porque nos recuerdas que lo más importante es el amor.
Porque nos invitas a que todos los días te sigamos.
Porque en ti encontramos nuestra vida.
Porque no hay cruz grande cuando hay un amor infinito
Porque tú curas todas nuestras enfermedades interiores.
Porque nos invitas a que colaboremos contigo haciendo el bien.
Porque tú abres nuestras manos para que seamos generosos con nuestros hermanos.
Porque nos has elegido para que sea tu seguidor.
Porque confías en nosotros para que seamos tus apóstoles.
Porque escuchas siempre nuestras oraciones y nos ayudas.
Porque nos invitas a que seamos bienaventurados siguiendo tu camino.
Porque nos llamas a que seamos sembradores de paz y esperanza.
Porque tú eres nuestro gran tesoro que nadie nos podrá quitar.
Por tu infinita compasión hacia todos los hombres.
Por multiplicar cada día el pan material, el pan de tu palabra y de tu sacramento.
Por sanar nuestros corazón de todas nuestra heridas y enfermedades.
Por el don de la oración y de la comunicación contigo.
Porque nunca dejas que nos hundamos en nuestras miserias.
Porque tu mano amorosa nos cuida y nos guía siempre hacia la vida eterna.
Porque diste tu vida para salvarnos.
Porque nos amas y no permites que seamos probados por encima de nuestras fuerzas.
Porque, en medio del dolor y del sufrimiento, sabemos que tú nos amas y nos llamas a la gloria.

“Es mejor dar gracias a Dios por un don pequeño que apropiarse las gracias por un don grande” (ep. 27, 4).

Oraciones de San Agustín

Alabad a Dios porque es bueno

El Espíritu de Dios nos ha mandado que alabemos a Dios. También se nos da la razón para hacerlo: porque es bueno. Aunque dicho en pocas palabras, encierra un pensamiento muy profundo. Alabad, dice, al Señor. Y como si preguntáramos: «¿Por qué?», continuó: Porque es bueno. ¿Qué más quieres? ¿O es que buscas algo más? ¿De qué bondad? Tiene tanto poder el bien que hasta los malos lo buscan (s. 29, 1).

Somos miembros del cuerpo de Cristo

Somos miembros de un mismo Cuerpo, tenemos la misma Cabeza, circula en nosotros la misma gracia, vivimos del mismo pan, andamos por la misma senda, habitamos la misma casa. En fin, en todo lo que somos, en la plena esperanza y fe con que vivimos en el presente y tendemos al futuro, tanto en el espíritu como en el Cuerpo del Señor, somos uno. Y nada seríamos si nos separáramos del Uno (ep. 30, 2).

Dios, morar en ti es vivir

Dios, separarse de ti es caer; volverse a ti, levantarse; permanecer en ti es hallarse firme. Dios, darte a ti la espalda es morir, convertirse a ti es revivir, morar en ti es vivir. Dios, a quien nadie pierde sino engañado, a quien nadie busca sino avisado, a quien nadie halla sino purificado. Dios, dejarte a ti es ir a la muerte; seguirte a ti es amar; verte es poseerte. Dios, a quien nos despierta la fe, levanta la esperanza, une la caridad. Te invoco a ti, Dios, por quien vencemos al enemigo. Dios, por cuyo favor no hemos perecido nosotros totalmente (sol. 1, 1, 3).

Dios, que nos das el Pan de la vida

Dios, por quien la muerte será absorbida con la victoria. Dios, que nos conviertes. Dios, que nos desnudas de lo que no es y nos vistes de lo que es. Dios, que nos haces dignos de ser oídos. Dios, que nos defiendes. Dios, que nos guías a toda verdad. Dios, que nos muestras todo bien, dándonos la cordura y librándonos de la necedad ajena. Dios, que nos vuelves al camino. Dios, que nos traes a la puerta. Dios, que haces que sea abierta a los que llaman. Dios, que nos das el Pan de la vida. Dios, que nos das la sed de la bebida que nos sacia (sol. 1, 1, 3).

Dios mío, escúchame

Dios, llegan hasta nosotros todos los bienes. Tú apartas todos los males. Dios, nada existe sobre ti, nada fuera de ti, nada sin ti. Dios, todo se halla bajo tu imperio, todo está en ti, todo está contigo. Tú creaste al hombre a tu imagen y semejanza, como lo reconoce todo el que se conoce a sí. Óyeme, escúchame, atiéndeme, Dios mío, Señor mío, Rey mío, Padre mío, principio y creador mío, esperanza mía, herencia mía, mi honor, mi casa, mi patria, mi salud, mi luz, mi vida. Escúchame, escúchame, escúchame según tu estilo, de tan pocos conocido (sol. 1, 1, 4).

Que te busque, Señor

Que te busque, Padre mío, sin caer en ningún error; que al buscarte a ti, nadie me salga al encuentro en lugar de ti; pues mi único deseo es poseerte. Ponte a mi alcance, te ruego, Padre mío; y si ves en mí algún apetito superfluo, límpiame para que pueda verte (sol. 1, 1, 6).

Te amo a ti solo

Ahora te amo a ti solo, a ti solo sigo y busco, a ti solo estoy dispuesto a servir, porque tú solo justamente eres mi dueño; quiero pertenecer a tu jurisdicción. Manda y ordena, te ruego, lo que quieras; pero sana mis oídos para oír tu voz; sana y abre mis ojos para ver tus signos; destierra de mí toda ignorancia para que te reconozca a ti. Dime adónde debo dirigir la mirada para verte a ti, y espero hacer todo lo que mandes. Recibe, te pido, a tu fugitivo, Señor, clementísimo Padre (sol. 1, 1, 5).

Enséñame el camino

Ahora comprendo la necesidad de volver a ti; ábreme la puerta, porque estoy llamando; enséñame el camino para llegar hasta ti. Solo tengo voluntad. Sé que lo caduco y transitorio debe despreciarse para ir en pos de lo seguro y eterno. Esto hago, Padre, porque esto sólo sé y todavía no conozco el camino que lleva hasta ti. Enséñamelo tú, muéstramelo tú, dame tú la fuerza para el viaje. Si con la fe llegan a ti los que te buscan, no me niegues la fe; si llega con la virtud, dame la virtud; si llega con la ciencia, dame la ciencia. Aumenta en mí la fe, aumenta la esperanza, aumenta la caridad. ¡Oh, cuán admirable y singular es tu bondad! (sol. 1, 1, 5).

Conviérteme a ti

Solo ahora imploro tu extraordinaria clemencia, para que me conviertas plenamente a ti, y destierres todas las repugnancias que a ello se opongan; y, en el tiempo que lleve la carga de este cuerpo, haz que sea puro, magnánimo, justo y prudente, perfecto amante y conocedor de tu sabiduría, y digno de vivir y de ser morador de tu reino de felicidad. Amén. (sol. 1, 1, 6)

Entrar en mí para subir a ti

Dios, Padre nuestro, que nos exhortas a la oración y concedes lo que se te pide, pues rogándote vivimos mejor y somos mejores: escúchame, porque voy tanteando en estas tinieblas; dame tu diestra, socórreme con tu luz y líbrame de los errores; que con tu dirección entre dentro de mí para subir a Ti. Así sea. (sol. 2, 6, 9)