María, al lado de Cruz

María no solo aceptó que naciera de sus entrañas el Hijo de Dios sino que aceptó también que debía verlo morir en la cruz por toda la humanidad. Así lo relata en este artículo el agustino recoleto Eddy Polo

Cuando contemplamos a Cristo en la prueba de amor más sublime para la humanidad, colgado de la cruz, fijamos nuestra mirada en dos personas en especial: Juan, el discípulo llamado el amado, y en María, la madre de Jesús. La Virgen está al lado de la cruz;  como predijo el anciano Simeón (Lc. 2,25), con una espada atravesándole el corazón, el dolor de ver a su hijo en el suplicio más grande que un hombre puede tener y, mientras los demás discípulos desaparecen para no correr la misma suerte que el crucificado, María permanecía firme junto a su hijo. Sus lágrimas corrían por su rostro al contemplar el sufrimiento de Jesús, pero al mismo confiada en la promesa del Padre. “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”(Jn. 12, 24).

Hoy, no sólo reflexionamos la presencia física de María en la hora más dura de Jesús, sino que también podemos fijarnos profundamente, con ternura de hijos, que en medio del dolor y sufrimiento, y viéndola junto al discípulo que más amaba, “le dice a su madre: ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ahí tienes a tu madre’” (Jn. 19, 26-27). Con éstas palabras, reconocemos en este gesto de Jesús uno de los regalos más grandes, puesto que nos hizo, en el discípulo, hijos de María. María, la madre del salvador se convierte en la madre de todos los hombres. Un don que los cristianos vivimos y hacemos vida en la Iglesia. El rostro materno de Dios.

De ésta manera, la Virgen se nos presenta como modelo de fe y vida cristiana, porque con la misma entereza de aceptar del Sí en la anunciación, hoy acepta también, valientemente y con amor, al pie de la cruz de su hijo, el Sí de los creyentes, se nos da como nuestra madre. Es la madre de la cabeza y también madre del cuerpo que es la Iglesia. “Y desde aquel momento, dice san Juan, el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19, 27), y María nos arropó entre sus brazos.

San Agustín nos deja unas bellas palabras al recordar esta filiación especial: “la Iglesia da a luz los miembros de Cristo, como la Virgen María según la carne. Procread, pues, vosotros en espíritu miembros de Cristo imitando a María, y seréis madre de Cristo”. Se nos pide no solo reconocer a María como nuestra madre, sino también imitarla alumbrando miembros de Cristo.

María es modelo no solo para cada cristiano en particular, sino para la iglesia universal. Esta idea la expresa san Agustín al afirmar que “La Iglesia es virgen y madre. Imita a María, que dio a luz al Señor. También la Iglesia da a luz y es virgen. Y si lo miras bien, da a luz a Cristo, porque miembros suyos son los que se bautizan”.    

María, la madre, mujer de fe, está llena de caridad hacia los discípulos de su hijo, por eso, después del trance de la cruz, cuando estaba con todos los discípulos, con las puertas cerradas, siguió acompañándolos y con el don de la esperanza aguardo al cumplimiento de la promesa de regresar de la muerte.

María, nuestra madre, hoy nos ayuda y enseña que la Cruz cómo vivir con fuerza, valentía y esperanza los momentos difíciles de nuestra diario caminar; a ver con ojos de ternura y compasión los dolores y sufrimientos humanos. Que la cruz nos da la vida y, en ella,  modelo de mujer creyente, llena de gracia, madre de ternura y madre de esperanza. Y también permanezcamos firmes en la espera del cumplimiento de la promesa del Señor.

Por Eddy Polo, agustino recoleto

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