Nacimiento y Paraíso: la adoración a los pastores de Roma

El retablo de la adoración de los pastores de la Iglesia de los Agustinos Recoletos en vía Sistina, Roma, es uno de las representaciones de la Navidad más antiguas que mantiene la Orden. Fue realizado por el escultor barroco Franco Siciliano. El agustino recoleto Pablo Panedas relata la historia de esta obra de arte en este artículo

Bien puede considerarse el Nacimiento recoleto por excelencia. No en vano está localizado en una de las comunidades más antiguas de la Orden, que este 2019 celebrará los 400 años de existencia. Se trata de la casa de vía Sistina, en el centro de Roma, donde viven los religiosos jóvenes que estudian en las universidades eclesiásticas de la Ciudad Eterna.

No es un Nacimiento al uso, la típica obra artesanal que se instala para la Navidad y luego se retira y se guarda. Tiene categoría de obra de arte; la única de esta iglesia que suele aparecer en las guías artísticas de Roma. Es un altorrelieve de grandes dimensiones (230 x 195 cm) labrado en un bloque de mármol blanco y enmarcado en una composición de estuco coronada por el emblema del corazón biflechado propio de la Orden de Agustinos Recoletos.

Su autor se llamaba Francisco Grassía, y a veces se le conoce como Franco Siciliano, por haber nacido en la capital de Sicilia, Palermo, en fecha no precisada. No se le considera un gran escultor; es uno más en la Roma del siglo XVII, dominada por las figuras geniales de Bernini y Borromini. Y este Nacimiento es la obra de su vida, fruto de años de trabajo y estudio. En el momento de hacer testamento, el 12 de junio de 1670, lo tenía en su taller, y encarga que a su muerte sea legado a alguna iglesia “notable” de Roma.

Por aquellos años se estaba levantando, en pleno centro de la ciudad, la iglesia de los Agustinos Recoletos. El arquitecto que dirigía las obras era un lego dominico, de nombre José Paglia, también nacido en Palermo. Este paisanaje hubo de pesar a la hora de elegir destino para el Nacimiento. Lo cierto es que aquí se instala desde el primer momento de la bendición del templo, el 18 de enero de 1672. Desde entonces, será uno de sus retablos.

En su testamento, Grassía describía el altorrelieve como “nacimiento con gloria del Paraíso”. Y, efectivamente, esas son las dos partes que lo componen, correspondientes a los dos planos: en la mitad superior del retablo se representa  el Paraíso; y, en la parte inferior, la adoración del Niño por los pastores de Belén.

En esta mitad inferior, sorprende el contraste entre la escena central y las dos laterales. En el centro, en un ambiente sereno, María y José muestran al Niño. En los cuadros laterales, bulle toda una multitud de pastores –con sus animales y sus útiles– que convergen hacia el misterio, postrándose en adoración, ofreciendo dones, tocando instrumentos musicales…

La escena celeste no es menos movida, aunque sí más armónica. La domina la clásica representación de Dios Padre, que sobrevuela y escruta la escena de la encarnación. A su alrededor revolotea un torbellino de ángeles cantores que se acompañan con instrumentos musicales.

Da unidad y hondura teológica a las dos escenas el eje vertical que forman las tres personas de la Santísima Trinidad: con su mano derecha extendida, el Padre envía al Espíritu Santo –que aparece debajo Él en forma de paloma–, como ha hecho también con el Hijo, que acaba de tomar carne. Ese es el eje del mundo y de la historia, que cobra sentido en Cristo, ‘Dios-con-nosotros’ nacido en Belén.

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