San Agustín fija su atención en la adoración de los magos a un Dios pequeño humanamente pero capaz de guiarles desde el pesebre en sus sermones de la Epifanía que se celebra este sábado

Los magos llegaron de oriente para adorar al alumbrado por la Virgen. Ésta es la fecha que celebramos hoy, la Epifanía; a ella damos la merecida solemnidad y dedicamos el sermón. Este día brilló por primera vez para los magos; para nosotros retorna anualmente en esta festividad. Ellos eran las primicias de los gentiles, nosotros somos el pueblo constituido de gentiles. A nosotros nos lo anunció la lengua de los apóstoles; a ellos, una estrella, cual lengua de los cielos; y los mismos apóstoles, como si fueran cielos, nos proclamaron la gloria de Dios. ¿Por qué no vamos a reconocer que son cielos quienes se han convertido en tronos de Dios? Así está escrito: El alma del justo es trono de la sabiduría. Por medio de estos cielos tronó el artífice y morador de los cielos; ante tal trueno el mundo se estremeció, y he aquí que ya cree. ¡Gran misterio! Yacía entonces en el pesebre y ya guiaba a los magos desde oriente. Escondido en un establo, era reconocido en el cielo, para que, reconocido en el cielo, se manifestase en el establo y este día recibiese el nombre de Epifanía, que puede traducirse por «manifestación». Al mismo tiempo encarecía su excelsitud y su humildad, para que quienes lo buscaban hallasen en un estrecho establo al que los cielos abiertos mostraban con las señales de los astros; para que, aunque impedido a causa de sus miembros infantiles y envuelto en pañales de niño, lo adorasen los magos y lo temiesen los malos.

En efecto, el rey Herodes sintió miedo de él al anunciárselo los magos, cuando aún buscaban al Pequeño que ya sabían que había nacido por el testimonio del cielo. ¿Cómo será su tribunal cuando haga de juez, si ya su cuna de niño aterrorizaba a los reyes soberbios? ¡Cuánto más sabios son los reyes ahora que no buscan matarlo, como Herodes, sino que, como los magos, se deleitan en adorar precisamente a quien sufrió por sus enemigos, de mano de sus mismos enemigos, la misma muerte que su enemigo quería causarle, y con su muerte dio muerte a la muerte en su cuerpo! Sientan ahora los reyes un piadoso temor a quien ya está sentado a la derecha del Padre; a quien ya temió, cuando aún tomaba el pecho de su madre, aquel rey impío. Escuchen lo que está escrito: Y ahora, reyes, comprended; instruíos los que juzgáis la tierra: servid al Señor con temor y exultad ante él con temblor. Aquel rey que venga a los reyes impíos y guía a los piadosos, no nació como nacen los reyes en este mundo, pues también nació aquel rey cuyo reino no es de este mundo. La nobleza del nacido se manifestó en la virginidad de la madre, y la nobleza de la madre, en la divinidad del nacido. Finalmente, no obstante haber sido muchos los reyes de los judíos nacidos y muertos ya, nunca y a ninguno de ellos buscaron unos magos para adorarlo, puesto que tampoco conocieron a ninguno por la voz del cielo.

Pero, y el dato no ha de pasarse por alto, esta iluminación de los magos se constituyó en el gran testimonio de la ceguera de los judíos. Aquéllos buscaban en la tierra de éstos al que éstos no reconocían en la propia. Entre ellos encontraron, sin habla, al que los judíos negaron cuando enseñaba. Estos peregrinos que venían de lejos adoraron a Cristo, niño que aún no hablaba, allí donde los conciudadanos le crucificaron cuando, ya adulto, obraba milagros. Los magos le reconocieron como Dios en la pequeñez de sus miembros; los judíos ni siquiera le perdonaron como hombre cuando hacía obras grandiosas. ¡Como si fuera mayor cosa ver una nueva estrella reluciente en el día de su nacimiento que ver al sol llorar en el día de su muerte! Pero aquella misma estrella que condujo a los magos hasta el lugar en que se hallaba el Dios niño con su madre virgen y que ciertamente podía haberlos guiado hasta la ciudad misma, se ocultó y no volvió a aparecérseles hasta que hubieron preguntado a los judíos en qué ciudad tenía que nacer Cristo, para que la nombrasen conforme al testimonio de la Sagrada Escritura y dijeran: En Belén de Judá. Así está escrito: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre las ciudades de Judá, pues de ti saldrá el jefe que regirá a mi pueblo Israel. ¿Qué otra cosa quiso significar con esto la divina Providencia sino que quedarían en posesión de los judíos las únicas Escrituras divinas con las que los gentiles iban a ser instruidos y ellos cegados; que ellos las llevarían no como apoyo para su salvación, sino como testimonio de la nuestra? Pues hoy mismo, cuando presentamos las profecías sobre Cristo, aclaradas ya a la luz de los hechos acaecidos, si por casualidad nos dijesen los paganos a quienes queremos ganar que esas cosas no fueron predichas con anterioridad, sino después de ocurrido lo anunciado, de forma que lo que se piensa ser una profecía fue una invención de los cristianos, echamos mano a los códices de los judíos para eliminar la duda de los paganos. Paganos que ya estaban figurados en aquellos magos a quienes los judíos instruyeron con las divinas Escrituras acerca de la ciudad en que nació Cristo, a quien ellos ni buscaban ni reconocían.

Ahora, pues, amadísimos, hijos y herederos de la gracia, considerad vuestra vocación y, una vez manifestado Cristo a los judíos y a los gentiles, adheríos a él como a piedra angular con un amor que no conoce pausa. En efecto, en los comienzos de su infancia se manifestó tanto a los que estaban cerca como a los que estaban lejos. A los judíos, en los pastores llegados de cerca, y a los gentiles, en los magos llegados de lejos. Aquéllos llegaron el mismo día que nació; éstos, según se cree, el día de hoy. Se les manifestó, pues, sin que los primeros fueran sabios ni los segundos justos, pues en la rusticidad de los pastores predomina la ignorancia, y en los ritos sacrílegos de los magos, la impiedad. A unos y a otros los unió en sí aquella piedra angular que vino a elegir lo necio del mundo para confundir a los sabios, y a llamar no a los justos, sino a los pecadores, para que nadie, por grande que sea, se ensoberbezca y nadie, aunque sea el menor, pierda la esperanza. Así se explica que los escribas y fariseos, aunque se creían muy sabios y justos, al mismo tiempo que, leyendo los divinos oráculos, mostraron la ciudad en que debía de nacer, en cuanto constructores lo rechazaron. Mas como se convirtió en cabeza de ángulo, lo que mostró en su nacimiento lo cumplió en su pasión. Adhirámonos a él en compañía de la otra pared en que están los restos de Israel que, por elección gratuita, se han salvado. Ellos, que habían de unirse desde cerca, están simbolizados en los pastores, para que también nosotros, cuya vocación significaba la llegada de lejos de los magos, permanezcamos en él no ya como peregrinos e inquilinos, sino como conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados con ellos sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo la piedra angular; él que hizo de los dos pueblos uno solo, para que en el uno amemos la unidad y poseamos una caridad infatigable para recuperar a las ramas que, proviniendo del acebuche, fueron injertadas también; pero, desgajadas por la soberbia, se convirtieron en herejes. Poderoso es Dios para injertarlos de nuevo.

San Agustín, sermón 200